La humillante, indigna condición de las mujeres afganas
La humillante, indigna condición de las mujeres afganas
Por Adán Salgado Andrade
Hace cinco años, la fallida estrategia estadounidense de “democratizar a Afganistán, luego de veinte años de ocupación, mostró el fiasco que fue. Tantos millones de dólares gastados, tratando de “occidentalizar” a ese país, con un gobierno que impuso Estados Unidos, instituciones gubernamentales “modernas”, además de que se trató de que contara con un ejército que defendiera su “soberanía”, sobre todo de los nefastos talibanes, de nada sirvió, pues en cuanto los militares estadounidenses, que eran quienes, de alguna manera, resguardaban a ese país, se retiraron, la derrota del “ejército” afgano fue casi inmediata (ver: ). https://adansalgadoandrade.blogspot.com/2021/08/el-glorioso-regreso-del-taliban.html ).
El atraso en que han dejado a Afganistán esos ineptos machos es caótico. El comercio exterior se ha desplomado, lo que ha incrementado el déficit. El presupuesto anual más reciente es de sólo $2,440 millones de dólares, mdd, menos de la mitad del que tenía el gobierno previo en el 2021, que fue de $6,000 mdd En el 2024, de plano suspendieron las pensiones, para tratar de balancear ese déficit. Su población está creciendo más que su precario “crecimiento” económico (presionada también porque seis millones de afganos que estaban refugiados en Irán y Pakistán, están siendo obligados a regresar a ese caótico país). La inflación está en 7.6 por ciento. El desempleo se ha duplicado desde el 2021, pues más de medio millón de empleos se perdieron desde entonces. La ayuda internacional ha bajado, justamente porque muchas de las naciones que se la daban, dejaron de hacerlo cuando los talibanes tomaron de nuevo el poder. Y los altos precios de los alimentos, que son esenciales, en una economía deprimida (al menos, la gente trata de comer), han subido demasiado. Trece millones de personas enfrentan “inseguridad alimentaria aguda”, o sea, que padecen hambre y se están muriendo por falta de alimentos (ver: https://www.theguardian.com/global-development/2026/aug/15/five-years-taliban-rule-afghanistan-collapse-visualised?CMP=GTUK_email ).
Y además, la catástrofe humanitaria que están sufriendo millones de afganas, es otro grave problema, pues viven peor que en los más obscuros tiempos de la Edad Media, que ya es mucho decir.
Porque hay que señalar que en esos veinte años hubieron algunas cosas buenas, tal como la libertad que las mujeres, sobre todo, comenzaron a disfrutar, luego de estar sometidas por los talibanes, simples guerreros machos que las tenían totalmente controladas. Llegaron a ocupar, incluso, puestos de policías, los que ejercían con total responsabilidad y patriotismo (ver: https://adansalgadoandrade.blogspot.com/2021/01/valerosas-mujeres-policias-afganas.html).
Una vez que regresaron esos machos bárbaros, la condición de las afganas incluso ha empeorado, con respecto a como estaban antes de la invasión. Ahora, bajo el yugo talibán, las pobres ya ni siquiera tienen permitido hablar en público o incluso salir solas.. Viven, realmente, un infierno (ver: https://www.youtube.com/watch?v=bUAcZV2eY8E).
Y son, en verdad, lastimosos los testimonios de mujeres afganas que han logrado hablar. El periódico inglés The Guardian logró mediante una red clandestina de mujeres periodistas afganas (que, incluso, arriesgan sus vidas al tener esa red de periodismo), recopilar doce testimonios, muy tristes y desoladores todos, que nos logran representar una idea aproximada de cómo esas pobres mujeres están tratando de sobrevivir actualmente (ver: https://www.theguardian.com/global-development/ng-interactive/2026/aug/11/day-in-the-life-of-12-afghanistan-women-taliban?CMP=GTUK_email ).
Una de ellas es Parasto (que no es su verdadero nombre, como casi todas las que accedieron a dar sus testimonios, prefieren usar pseudónimos) . Ella sirvió como soldado, junto con su marido. Tienen dos hijos varones. “Nada más entraron los talibanes, y nos obligaron a regresar los uniformes, que con tanto orgullo habíamos usado otras compañeras y yo, dando todo nuestro esfuerzo por proteger a nuestro país. Pero no les importó. A mi esposo, cada rato lo citan para saber a cuántos talibanes mató, mientras servía a los ‘infieles’. Que me hayan quitado mi uniforme, es como si me hubieran quitado un pedazo de mi vida. Y tenemos nuestras cosas empacadas, para cuando haya una oportunidad de irnos de este infierno. Ojalá sea pronto”.
Otra mujer es una de las periodistas que trabajan clandestinamente. Prefiere estar anónima, ni con pseudónimo. Dice que cada que alguien toca la puerta, se pone a temblar, pues piensa que los talibanes, por fin, la descubrieron. Ya, antes, dos veces han allanado su casa, pero, por fortuna, nada han hallado comprometedor . Trabaja con una laptop y una conexión a un precario internet, diariamente, revisando notas para ver qué va a publicar ese día o los siguientes. “El trabajo es difícil, nunca sabes cómo o quién te vaya a traicionar. La semana pasada fui a entrevistar a una mujer discapacitada y, la verdad, siempre tengo miedo, pues no sabes si vaya a ser un engaño. Pero sigo así, porque es lo que me da ánimos para continuar viviendo en estas condiciones tan humillantes, de verdad. Es algo que no le deseo a nadie, estar así. Y sólo cuando tomo mi café y miro por la ventana, es que logro reconfortarme en algo”.
Otra es Faterma (tampoco es su verdadero nombre). Ella tiene cuatro hijos y dos hijas (a pesar de la adversidad, tienen muchos hijos). Se dedica, junto con una amiga, Marzia, a preparar el pan y hornearlo, con la harina que a diario les llevan sus clientas. “Es un trabajo duro, desde las cuatro de la mañana, hay que despertar, para preparar todo, el horno, los trastes… y todo lo necesario. Yo tenía la esperanza de que mis hijas pudieran prepararse, no ser lo que yo soy, pero desde que regresaron los talibanes, he perdido la esperanza. Por la tarde, desde la siete, vuelvo a prender el horno y llegan las clientas. No nos quejamos, ganamos ,entre las dos, unos 1,000 afganis por día ($15 dólares diarios, $450 mensuales, $9,000 pesos, que repartidos entre las dos, son $4,500 pesos al mes cada una, ni un salario mínimo mexicano, pero para ellas no es tan mal dinero). Es difícil labor, más ahora que por la madera tan cara, tenemos que usar cáscaras de almendras. El humo es amargo y más irritante, se me queda su olor en mis ropas. Pero teneos que hacerlo, no queda de otra. Al menos, tenemos una ocupación a qué dedicarnos, para no morir de hambre” .
Otro testimonio es de una chica de sólo doce años, que comenta en un blog todo lo que piensa del sistema opresivo de los talibanes. Va a entrar a sexto año de primaria, lo más que pueden estudiar las mujeres. Sus dos hermanas mayores, una estaba en séptimo grado y otra en onceavo, “pero llegó el talibán y terminaron sus sueños. Mi hermana, la mayor, se la pasa buscando en redes becas o formas de estudiar en el extranjero. Mi padre es muy bueno con nosotras. Y el cuarto de mi hermana mayor es en donde diario nos reunimos, sin mascada ni nada. Por eso, nunca abrimos las cortinas, ni aunque haga calor, ni tampoco en la noche, para que no descubran nuestro pequeño rincón de libertad. De todos modos, aquí seguimos las tres, no sabemos hasta cuándo” .
Otra chica es modista. Ella tuvo una niñez difícil, pues contrajo polio a los once años. “Mis piernas estaban dobladas de las rodillas hacia abajo. Me puse, como distracción, a coser pedazos de plástico y a hacer vestidos para muñecas. Pero luego, le hice a mi papá una camisa y un pantalón y quedó muy contento. Mi hermana mayor me dijo que si yo aprendía bien el oficio, me compraría una máquina de coser y es en la que ahora realizo mis trabajos. Cuando los clientes vienen y no me conocen, preguntan por la modista y les digo que soy yo. No me creen y me ven con escepticismo cuando les tomo las medidas. Dicen que si sé leer y escribir. Y les digo que sí, que aprendí con mis estudiantes de costura, yo les enseñaba a diseñar modas y ellas me enseñaban a leer y a escribir. Gano unos siete mil afganis al mes (unos $2,160 pesos mensuales), con los cuales, ayudo a mi familia para irla pasando. Pero, además, no me ven mis clientes con lástima porque sea discapacitada, al contrario, me ven como su preferida y confiable modista”.
Como ven, hasta aquí, la gente realmente sobrevive. Se ha vuelto Afganistán un país de pobres, en donde una camarilla de corruptos señores de la guerra lo domina todo. Incluso, seguramente como suele suceder con las clases en el poder, ellos han de vivir muy bien, con lujos, sin limitaciones, no como sus conciudadanos, quienes todos los días buscan formas para sobrevivir, no vivir.
Otra es una chica de 25 años que escribe sobre todo lo que ve. Además lee mucho y va con miedo a comprar algún nuevo libro a la librería, pues hasta eso, los bárbaros, ignorantes talibanes, les han prohibido, que lean. Lo único que pueden hacer esas pobres mujeres es rezar en casa y hacer todas las labores domésticas. “Me gusta escribir lo que veo, quiero plasmar lo que es este país, para que cuando alguien lea mis escritos, sepa que aquí estamos las mujeres y que, a pesar de la adversidad, queremos que el mundo nos conozca”.
Una más trabaja como afanadora en un hotel, de las 8 de la mañana a las ocho o nueve de la noche. Es un trabajo pesado, pero además tiene unas chivas, a las que también cuida. Tiene 33 años , tres hijas y un hijo. En el 2021, su esposo fue atropellado y desde entonces, quedó imposibilitado para trabajar. “En el hotel, lavo los manteles y todo lo que sea requerido. Cuando se hacen fiestas, también limpio todo. Gano nada más doscientos afganis diarios (unos 50 pesos), pero, de todos modos, me sirven. Quiero lo mejor para mis hijos, sobre todo, para mis tres hijas, pero no sé si vayan a lograrlo. Por lo pronto, soy el sostén de la casa y debo de seguir, mientras tenga fuerzas y salud para hacerlo”.
Como ven, todo es drama, combinado con fuerza de voluntad para seguir adelante”.
Una más es una maestra de primaria de mujeres, de quinto grado. Se casó y tuvo un hijo, pero cuando los talibanes regresaron al poder, su esposo se fue del país. “Comienzo la mañana preparando el desayuno para mi hijo y para mí, luego, salimos y tomamos caminos distintos. Yo voy a la escuela, en donde ya tenemos edificio, aulas , bancos y pupitres, pero nada más pueden estudiar las cicas hasta sexto año. Es una lástima, porque cuando entran, están muy entusiasmadas y no les pesa cargar su atuendo, el pesado velo, incluso desde pequeñas, desde los seis años. Y ese entusiasmo, es lo que me hace seguir como maestra, luego de 18 años de haberlo hecho”.
Otra es una chica de 24 años que, cuando el Talibán regreso en el 2021, estaba en séptimo semestre de ingeniería de sistemas. Fue terrible para ella que, de repente, se le prohibiera seguir estudiando y se cerraran muchas universidades, entre ellas, en la que ella estudiaba. “Me siento muy mal, no tengo consuelo. Incluso, cuando cocino, se me ruedan las lágrimas. Vivo una existencia obscura, vacía. A veces, cuando veo mis maquillajes, recuerdo cómo me polveaba la cara, me teñía mi cabello, me lo peinaba como yo quería. Ya eso está en el pasado, condenada a vivir como una esclava, portando un maldito velo que nada más nos estorba. Por eso, luego me pongo perfume. Y recuerdo esos días de libertad que ya no existen para nada”.
Un testimonio más es el de una afgana que hace prótesis para mujeres discapacitadas, con las cuales pueden volver a caminar. Tiene dos hijos y dos hijas. La mayor, de 13 años, ya no pudo seguir estudiando. La menor, va en segundo. “Me pregunto, cuánto más podrá soportar mi hija haciendo el quehacer de la casa, dándoles de comer a sus hermanos y a mi esposo. Le cortaron su futuro estos tipos. No es justo. Pero pienso también en cómo mi trabajo en el hospital es muy necesario. Hace poco, le hice una prótesis a una mujer del campo que antes tenía que arrastrarse para trabajar sus tierras. Ahora, ya puede caminar y está muy agradecida. Y eso es lo que me reconforta. Compensa el dolor que siento por mi hija”.
Marwa (tampoco es su nombre real) es técnica dental, tiene 23 años. Cuando tenía 17 años, había hecho su examen para entrar a la universidad, pues quería estudiar medicina, pero fue cuando regresaron los talibanes y su futuro se vino abajo. En la clínica ayuda en todo lo que puede al dentista, un hombre, claro. Pero teme que en alguna de las frecuentes inspecciones que el Ministerio de la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio (¡vaya nombre tan estúpido!) cierre la clínica porque ella esté allí, trabajando. “El otro día vinieron dos vigilantes. Uno de ellos se extrajo una muela, y su acompañante dijo al doctor que ‘no le ponga anestesia, doctor, que sufra, que sangre’, y rio por la broma. Me pregunté en ese momento a cuántas personas ese tipo pudo haber matado, a cuantas familias separó o dejó sin algún miembro, cuánta sangre traería en sus manos. Todavía tengo esperanzas de que esto vuelva a ser como antes, que pueda yo estudiar medicina algún día. Es una esperanza que me mantienen viva y me hace seguir adelante”.
Fatana (tampoco su nombre real), tiene 25 años, quien también truncó sus estudios superiores cuando los talibanes asumieron el poder. Trabaja en una primaria y por la mañana, su hermana de seis años y ella van a esa escuela. “Yo veo con dolor cuando mis alumnas terminan el sexto grado, sus caras tristes, desanimadas por el futuro que les espera, que quizá las fuercen a casarse, que las vendan, como muchas familias muy pobres hacen, con tal de salir de sus deudas y tener algo de dinero para seguir sobreviviendo. Dando clase gano 4,000 afganis ($1,070 pesos ) mensuales, poco, pero de algo me sirven. Realmente quisiera que esto cambiara, no pierdo las esperanzas”.
Como pudieron ver, todos los testimonios son bastante dramáticos, de futuros truncados, sueños frustrados por una camarilla de salvajes, ignorantes machos que aplican el Corán a sus particulares intenciones de control, pues al someter a las mujeres, que son el cincuenta por ciento de la población afgana, se abocan a controlar al otro cincuenta por ciento, que son los hombres, quienes también son castigados , pero viven con menos rigor. De hecho hasta los protegen y los alientan incluso a que asesinen a sus esposas si éstas les son “infieles” (que muchas veces es simplemente una invención para cuando quieren deshacerse de ellas). La violencia, justo por el brutal sometimiento estatal, ha crecido y se reporta el incremento de casos que crecen de violencia hacia las mujeres o asesinatos “justificados” (ver: https://www.theguardian.com/global-development/2026/aug/07/afghanistan-women-taliban-violence-battered-beaten?CMP=GTUK_email).
Pero nadie hace nada. Y en lugar de presionar a los brutos machos para que permitan a las mujeres más libertades, varos países, Alemania entre ellos, están estableciendo de nuevo relaciones diplomáticas, con tal de que los talibanes impidan mayores migraciones a Europa de afganos, deseosos de romper con la miseria económica y social imperante en ese retrógrada país (ver: https://www.theguardian.com/world/2026/aug/15/concern-grow-global-ties-taliban-afghanistan-human-rights).
Así es que si restablecer relaciones “diplomáticas” con ese país, puede reportar algunos buenos negocios (pues, finalmente, de eso se trata, de negocios), bienvenidas.
Y las mujeres… pues pueden esperar y morir en las sombras, como las esclavas en que las han convertido esos brutos machos.
Contacto: studillac@hotmail.com
0 Responses to "La humillante, indigna condición de las mujeres afganas"
Publicar un comentario