Visitando una casona de los 1930's

Posted by Adán Salgado Andrade on sábado, julio 14, 2018

Visitando una casona de los 1930’s
Por Adán Salgado Andrade

Por la fachada, tan aparentemente conservada, uno podría pensar que el interior de esa casona, ubicada en la calle de Orizaba, número 8, estaría en iguales condiciones, muy original. Pero, al entrar, hay una especie de desilusión. No está ruinosa, mas, sí, demasiado modificada. Es difícil imaginar cómo debió de haber sido cuando fue habitada, allá por los 1930’s por sus moradores originales, seguramente de la alta alcurnia de entonces. “Esta casa está muy bien hecha. Se ve que no repararon en gastos”, me dice José, un muy buen amigo de muchos años, quien actualmente está encargado de remozar a la casona, muy castigada por tantas arbitrarias y muy mal hechas modificaciones.
No sabe mucho sobre su historia, fuera de lo que el dueño actual, al que llamaré Luis, le ha contado, que fue erigida en los años 1930’s y que la adquirió hace tres décadas. Cuenta con techos hechos de tabique rojo y alambrón, reforzados con trabes superiores y que se mantienen en perfectas condiciones, a pesar de los años, temblores y maltrato por tantos cambios. La cimentación es la que se lleva la corona, pues esa, sí, está original. Consiste en un sótano, de unos dos metros de altura, que, me explica José, en su momento, estaba inundado todo el tiempo, para que trabajara a modo de base flotante. Sería el antecedente de las actuales cimentaciones que trabajan mediante gatos hidráulicos, con tal de mantener a los edificios estables durante los temblores. Esa cimentación ha logrado mantener nivelada, durante todos los años que lleva en pie, a la vieja casona. “En los temblores, se sacude y cruje, pero no se cae”, me dice. Extraordinario, razono, pues estando en la colonia Roma, en una de las zonas en donde los suelos son más inestables y las ondas sísmicas provocan más daños – como se volvió a comprobar durante el sismo del 19 de septiembre del año pasado, 2017 –, realmente se mantiene firme.
El sótano ya no está inundado en la actualidad y ha servido para que José y un ayudante hayan montado allí la, digamos, “oficina” y un taller de carpintería, el que sirve para que José haga todos los detalles de madera que la casona requiere para dejarla más presentable.
Eso, porque el dueño ya quiere “echarla a andar” una vez más, a pesar de tanto tropiezo.
Como ya señalé, la adquirió hace unos treinta años, comprándola a un amigo, quien le dijo que tenía una casona en venta. Se “enamoró”. La tuvo unos años inactiva, usando el sótano como bodega para guardar muchos objetos que estaban en la casa cuando la adquirió, además de los suyos. Puesto que es antropólogo, ha acumulado cientos de libros, documentos, periódicos. ”Ya quedé con su esposa en que vamos a tirarle casi todo, sin decirle, porque, si le avisamos, nos va a salir que todo sirve y va a seguir este tiradero”, señala José, mientras recorremos todo el lugar, que, al menos a mí, me ocasiona cierta claustrofobia, quizá por tantas cosas acumuladas – oxidados estantes metálicos, los que guardan cajas llenas de documentos, viejas puertas de madera apolillada, polines igualmente apolillados, las estructuras de una tridilosa que cubría hace algunos años el patio y que se desmontaron no hace mucho, tres enormes tinacos, que fungen como cisternas, tubos de drenaje de PVC, el albañal original…–, así como por su reducida altura. No quiero imaginar si, de repente, un temblor se produjera estando yo allí.
Luego de que el dueño la tuvo inactiva por un tiempo, la rentó a una persona que instaló, en el frente de la planta baja, un restaurante. Luis, por cuestiones de salud, tuvo que irse a vivir a Cancún. Por desgracia, descuidó muchas cosas, como estar al tanto de los intentos del restaurantero por quedarse con la casona. Tuvo que vender una propiedad que tenía en Cancún para enfrentar los gastos del juicio, el que duró varios años, hasta que, finalmente, se resolvió, desalojando las cosas del restaurantero.
Repuesto el dueño de tantos gastos y problemas, se dio a la tarea de remozar la casa, con tal de que pudiera volver a rentarla, pero esta vez con un debido contrato, no “de palabra”, como hizo con el restaurantero.
José me hace un recorrido por toda la casona. Como ya señalé, de original, sólo le queda la fachada, el sótano y los techos. Ha tenido tantas modificaciones que el interior parece más un edificio de oficinas de los años 1970’s, que una casona. Hasta los pisos se han modificado. No hay ninguna puerta original, ni las exteriores. “Tengo las originales en el sótano y las voy a restaurar”, me dice José.
Continúa la narración de todas las afrentas que ha sufrido tan noble y resistente casona. Hace unos tres años, se presentaron dos jóvenes. Uno de ellos, dijo que era de Atenco, y que su papá era un contratista que tenía mucho dinero. El otro, de Oaxaca, quien también, aseguró, sus papás eran “acomodados”. Luis y ellos realizaron un contrato que especificaba el uso del lugar sólo como restaurante-bar. Convinieron en pagar ochenta mil pesos de renta mensual.
Pero esos tipos se excedieron, contraviniendo el contrato, y pretendieron convertir la casona en una plaza comercial. Sin embargo, como no pudieron obtener ningún permiso para lo que querían hacer, decidieron, sin avisarle a Luis, ni a mi amigo de sus planes, comenzar arbitrariamente a modificar la casona, sin tomar en cuenta restricciones en cuanto a conservación de las estructuras originales, dividiendo habitaciones, alzando pisos, colocando herrería inadecuada, poniendo tablaroca innecesariamente, rompiendo muros, levantando otros, montando un pesadísimo “domo” metálico sobre el patio, que suma peso a la casona, contrario a que, más bien, debe de quitársele, si se pretende que dure muchos años más. Como ya no pidieron permiso para nada, el dueño les comunicó que daba por terminado el contrato. No les importó y se aferraron en materializar su ilegal capricho de convertir la casona en una plaza comercial. Comenzaron a vender los “locales”, con rentas que iban desde veinte mil a cuarenta mil pesos, pidiendo dos adelantadas. Por desgracia, gente emprendedora, confiando en la “buena voluntad” de esos timadores, comenzó a rentar, pagando las dos rentas adelantadas. Algunos, hasta comenzaron a hacer las adaptaciones necesarias para el negocio que establecerían. Dice José que una de las que comenzaron a rentar es la hija de la actriz Leticia Perdigón, Valeria, quien pretendía iniciar un negocio de decoración de interiores. Otra persona, iba a establecer una cafetería. Otros, iban a iniciar un despacho de diseño… y así.
No quedó allí, sino que el par – a quienes José se refiere como los “oaxacos” –, con tal de sacar dinero, en lo que, pensaban, iniciaría en grande el negocio, organizaban fiestas nocturnas casi cada semana, ilegales, por supuesto, con música a todo volumen, vendiendo bebidas ilegalmente y, muy seguramente, droga. Dice José que, como estaban muy bien relacionados, invitaban a gente importante, “de dinero”. “Se llenaba la calle con puros autos de lujo, de verdad”, exclama José, molesto.
 Por esas fiestas, comenzaron a llover las quejas de los vecinos. “Según me dijo un cuate de la delegación, ya estaban por enviar a policías a incautar la casa, la hubiéramos perdido”, dice José. Eso habría implicado que se les aplicara el extremo recurso de “extinción de dominio”, por el cual, una propiedad puede ser incautada y expropiada por realizar actividades ilícitas sus propietarios. Pues vaya de la que se salvaron, le digo.
Decidieron demandarlos y dejarles de cobrar renta, lo cual sucedió durante un año. “Fue casi un millón de pesos lo que se les dejó, así que eso paga lo que invirtieron esos cuates”, explica José.
Luis tuvo que pedir un préstamo bancario para pagar los doscientos mil pesos que le costó el juicio de desalojo, el que, por fortuna, se consumó. Un día, más de sesenta granaderos apoyaron a un equipo de cargadores para que sacaran todas las pertenencias de los “oaxacos”. Dice que, todavía que eran los afectados, el jefe de los cargadores les dijo que les cobrarían treinta mil pesos por el desalojo. José lo negoció, diciéndole que ya era una orden y que hasta habían pagado por eso. De todos modos, les dieron quince mil pesos. “Lo que ya queríamos es que sacaran todas esas madres”, enfatiza José. Como es algo reciente, han tenido la precaución de atrancar una de las entradas y, la otra, de cerrarla muy bien con llave, cada que salen. De todos modos, su ayudante vive allí, por lo que pudiera suceder.
Todo eso me lo cuenta José, mientras seguimos recorriendo la casa. Los “oaxacos” hicieron unos baños muy poco apropiados para un espacio público, pues resultó que eran “mixtos”, poco iluminados, cerrando las ventanas que los ventilaban, invitando, dice José, a que un degenerado se pusiera a espiar a alguna mujer que entrara al lado o cosas así.
Me enseña el local muestra, situado en el tercer piso, casi hasta el final de la casona. Por fortuna, los techos no fueron tocados y lucen muy bien. José que, además de ser ingeniero civil, es carpintero experto de muchos años, hizo una lámpara de madera y luces fluorescentes, acorde con la decoración. Dice que la pintará con colores suaves, tapando el feo color azul obscuro del que está cubierta.
El plan es poner un cafetería que administrarán Luis, su esposa y José. El resto, serán locales. O sea, será, en efecto, una plaza comercial, pero con todos los respectivos permisos, nada de cosas informales o ilegales. Dice que en pleno funcionamiento, calculan que deberá producir unos trescientos cincuenta mil pesos mensuales, muy buenos para Luis y su esposa, para que comiencen a pagar los más de dos millones de pesos que adeudan al banco, por tantos juicios que han emprendido contra abusivos inquilinos que pretendieron quedarse con la casona. Por fortuna, eso nunca sucedió y ahora harán todo apegándose a la ley, con contratos y todo. Contrataron un buen despacho de abogados, quienes los están asesorando en todo lo necesario para que la casona se convierta en una próspera plaza comercial. Sus honorarios, serán las dos primeras rentas de todo lo que se alquile. Me parece razonable.
Le pregunto si no lo han espantado, por esa esotérica creencia que tienen los lugares viejos o antiguos de las apariciones que los rondan. “No, para nada”. Y tampoco, a pesar de tantas cosas viejas amontonadas en el sótano, hay ratas. “Por ahí anda un ratón, pero nada más”.
Como el sótano cuenta con un par de ventanas que están al nivel de la banqueta, cuando José se pone a trabajar hasta tarde, es inevitable escuchar conversaciones de personas que, sin saberlo, se ponen a platicar justo enfrente de aquéllas. “El otro día, estaba escuchando a un par de gays, que platicaban sobre que uno de ellos había alquilado a un güey, de ésos que se prostituyen, que estaba muy bueno, ¿no?, que le había cobrado doscientos euros, hazme favor, cobrando en euros en México, ¿no?,  Y que le dice que le llegaron dos, pero que él les aclaró que sólo había pedido uno y, que no, que debía pagarles a los dos. Y que se puso a regatear, y que ya se lo dejaron en eso, pero que solamente lo hizo por el que estaba muy bueno. Le dijo con el que platicaba, que se cuidara de esas tranzas. Y éste, que le dice que también eso le pasó una vez, que mejor era irse a un antro y allí ligárselos y llevárselos al hotel”, me platica, sonriendo. Pues, para todos aquéllos que emplean servicios de prostitución vía aplicación de celular, ya lo oyeron, abusan de los clientes esos sitios.
Me muestra una lámpara de las originales con que contaba la casona, hecha de hierro forjado y madera, magnífica, a pesar del deterioro. “Voy a restaurarlas todas y ponerlas en la cafetería”, asegura José.
Por último, le pregunto si espera que le den un buen salario cuando la plaza arranque, pues, hasta ahora, sólo lo apoyan con los gastos. “Mira, lo único que quiero es que me den un espacio en el sótano, que me lo dejen, para que ponga bien mi taller de carpintería”, afirma, mientras me muestra uno mueble, una preciosa cantina, que está haciendo para una amiga. Tiene muy buen concepto de la estética ebanística. “Además, tengo pensado poner una estación de radio, para difundir cuestiones culturales, que gente como tú, me eche la mano, o noticias o… cosas así. El chiste es sacar no sólo un salario, sino algo que sea útil a la sociedad… ¿no sé si me entiendas?”, explica. Le digo que lo entiendo perfectamente, pues una vida sin proyectos, no es vida.
Me despido de él, deseando dos cosas, que la plaza sea un éxito y que pronto lo escuche transmitiendo sus inquietudes desde la que podría llamarse ¿Radio Casona?



Viviendo entre actrices y actores

Posted by Adán Salgado Andrade on jueves, julio 12, 2018

Viviendo entre actrices y actores
por Adán Salgado Andrade

Eréndira me platica que su marido, comercializador farmacéutico, tomó la decisión de cambiarse de donde vivían antes, en Ecatepec, porque, supuestamente, estarían más seguros en ese fraccionamiento de actores y actrices – conocido como el Fraccionamiento de la ANDA –, localizado un par de kilómetros más arriba del parque Six Flags, en la entrada de la zona que se conoce como el Ajusco. “La verdad, me arrepiento de estar aquí, pues es muy problemático llegar, sobre todo en las horas pico. Es un relajo, ni aunque tengas carro, no te libras de los embotellamientos”, declara, enfática.
En cuanto a la cuestión de la “seguridad”, también Eréndira reniega de eso. “Fíjate, en los 25 años que vivimos en Ecatepec, muy cerca de Plaza de las Américas, nunca nos asaltaron. Y apenas el sábado robaron a mi esposo en un Oxxo, le quitaron su cartera, con todo su dinero, sus credenciales, sus tarjetas… ¡todo! Afortunadamente, no se dieron cuenta de que iba en su camioneta. Como allí lleva su mercancía, seguro se la hubieran quitado”, agrega, molesta. Y es que Raúl, su esposo, comercializa medicamentos de especialidad, como los que combaten el cáncer o el SIDA, por ejemplo, algunos de los cuales llegan a costar sesenta mil pesos o más la dosis. “¡Imagínate si le hubieran robado la camioneta con todas las medicinas!”, exclama. Dice que a su hija, los conductores de Uber, ese servicio de taxis proporcionado por aplicación de celular, le han dicho que tenga cuidado, porque allí hay muchos hampones y narcotraficantes. “Así que, según Raúl, nos cambiamos porque aquí sería más seguro, pero, no, está igual o peor que allá”. Extraña su casa de Ecatepec, la que construyó a su gusto, con un enorme jardín para sus mascotas. “Yo quería una casa sola, no en un fraccionamiento, pero mis hijos y Raúl quisieron esa casa, así que no me quedó de otra. Aquí, ni jardín hay. Mi pobre perro se la debe de pasar en el balcón, pobre”.
Eréndira y su familia son el vivo ejemplo de que, por cuestiones de inseguridad, mucha gente busca habitar en mejores zonas. No sólo hay movilidad dentro de la ciudad, sino de otros estados. Mucha gente se ha mudado a la capital, con tal de estar “más seguros”. Sin embargo, esa consideración ya está quedándose sin un sustento, pues las cifras de delitos de alto impacto como robos, secuestros, balaceras, asesinatos y otros, van a la alza (ver: http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/incrementan-delitos-de-alto-y-bajo-impacto-en-la-ciudad-de-mexico).
 Eso, debido a que las previas, mafiosas administraciones, sobre todo la del represor y ecocida Miguel Ángel Mancera, se han preocupado más por hacer buenos negocios, como corruptas obras hidráulicas, condominios, líneas de Metrobús… y otras megaobras, reprimiendo a todo aquel ciudadano que se resista, afectando el ecosistema urbano debido a la tala de cientos de miles de árboles… y, en el proceso, permitiendo que la inseguridad creciera, sobre todo por la deshumanización que ha ido sufriendo esta, casi invivible, ciudad.
Aun así, todos hacemos lo posible por adaptarnos y seguir con el desarrollo “normal” de nuestras actividades, como Eréndira y su familia están tratando.
Ella es ama de casa, así que, digamos, no tiene el problema de tener que trasladarse diariamente por la congestionada ciudad, sobre todo en muy transitadas avenidas como la así llamada “Carretera Picacho-Ajusco”, porque, antiguamente, cuando la ciudad no era el monstruo en que se convirtió actualmente, en efecto, era una carretera, situada a las afueras de la ciudad y que llegaba al pueblo del Ajusco. Su hijo mayor, también, por suerte, no debe de trasladarse. Se recibió de ingeniero en sistemas hace dos años y trabaja desde su casa. Lo hace para una empresa de outsourcing, haciendo software para empresas que no están en México, pero que emplean esos servicios por ser mucho más baratos que si lo hicieran con compañías de sus propios países. “Gana muy bien y sólo debe de ir dos veces al año a las oficinas de la compañía, que están por Polanco”, dice Eréndira. En cambio, su hija, como aún estudia – está por entrar a la universidad a estudiar psicología –, si debe de lidiar a diario con los peligros y molestias que conlleva vivir en una megalópolis. “Fíjate, ahora que hizo su examen de admisión para la UNAM, yo pensé que pondría CU (ciudad universitaria), por la cercanía, ¿no?, pero que va poniendo la FES Zaragoza. ¡Que le pregunto que por qué!, y que me responde que porque le pedían menos puntos”, me dice. Bueno, razono, quizá en la mentalidad de su hija estaría la de quedarse, a cualquier precio, en la UNAM, pues cada año es más difícil ser admitido, a menos que el concursante esté perfecta o suficientemente preparado para presentar un examen de admisión, que más pareciera estar diseñado para rechazar a los más posibles, que a aceptarlos. Claro, así se resuelve la alta demanda por ingresar a instituciones de educación pública, como la UNAM o la UAM (Universidad Autónoma Metropolitana), poniendo esas trabas y que los rechazados, se las arreglen como puedan. Ese “como puedan” será que se apunten en alguna universidad privada, claro, si sus padres tienen los medios, o que sigan intentando ingresar a tales universidades y, mientras lo logran, que se metan a trabajar a alguna franquicia, percibiendo un bajo sueldo – unos quinientos pesos semanales –, y siendo muy explotados en tales sitios.
Por fortuna Karina, la hija de Eréndira, tiene la posibilidad de seguir estudiando en la institución privada en donde cursó la preparatoria, pues sus padres sí tienen los medios económicos para que lo haga. “¡De verdad que le ruego a Dios que no se quede!”, exclama Eréndira, pues, de ser así, Karina tendría que atravesar la ciudad de sur a oriente a diario, exponiéndose tanto a la inseguridad de la zona que rodea a la FES Zaragoza, así como la que, ya comprobó, existe en el Ajusco. Además del extenuante traslado.
Me comenta Eréndira que fue un detalle bastante superfluo el que llevó a su esposo a adquirir esa casa, pues se la vendió una actriz, a supuesto precio de “ganga”, cuatro millones y medio de pesos, de los cinco que costaba originalmente. Pero ahora que ya vive Eréndira allí, se está enterando de la razón, por la cual, muchos otros actores están vendiendo sus casas. “Es que hay muchos narcos aquí, y no quieren estar junto a ellos. Sí, los entiendo, yo no querría, pero, a ver, por culpa de mi esposo, estamos aquí”.
Abunda Eréndira sobre su convivencia con los vecinos, todos o casi todos actores o actrices. Muchos de sus nombres, ni siquiera los he oído mencionar antes, quizá porque no estoy muy familiarizado con la farándula artística de este país. Sin embargo, algunos sí los conozco. Menciona, por ejemplo, a Andrés García, ese fuerte galán de las películas de los 1970’s y 1980’s del cine y telenovelas mexicanos. “Ay, no, qué tristeza, el pobre tiene como ochenta y tantos años y usa andadera para caminar. Anda vendiendo su casa porque, como no ya no lo contratan y ni puede trabajar, no tiene dinero. Tampoco tiene pensión… de verdad que es muy triste”, platica, reflejando verdadera consternación por ese, ya olvidado, actor de cine.
En efecto, la situación de los actores viejos es difícil, sobre todo, según indica el reglamento de la ANDA, si no cotizaron lo suficiente en el sindicato, como para tener derecho a una pensión digna. A algunos, se les ayuda dándoles hospedaje en La Casa del Actor, como a la actriz retirada Xóchitl del Rosario. Allí, los alimentan y una vez al mes les dan “su domingo”, un apoyo económico de 160 pesos, con lo que pueden comprar lo que sea, según indica un artículo de el periódico El Universal, fechado el 14 de enero del presente año (ver: http://www.eluniversal.com.mx/espectaculos/farandula/actores-cobran-sin-cotizar-en-la-anda).
Pero, se señala en el citado artículo, muchos actores no piensan en su futuro y así como ganan, así gastan, sin preocuparse en cotizar y que con eso tengan derecho a una pensión. Aunque, considero, si se trata de una pensión de hambre, pues quizá prefieran vivir la “vida loca” ahora que están jóvenes, a pasar humillaciones en su vejez.
Es el otro caso que me cuenta Eréndira, el de la olvidada actriz Rosita Quintana (Buenos Aires, Argentina, 1925), quien, según mi entrevistada, a sus 92 años vive en condiciones lastimosas. “La pobre señora anda caminando con unos tenis rotos, porque no tiene para comprarse otros. Luego, la ves con unas moneditas y dice que va a comprar algo para comer. Una vez me enseñó veinte pesos, y me dijo que iba a comprar un taco. No sé si tenga familia o hijos, pero me dicen los vecinos que nadie la visita. Ella también me da mucha tristeza”. Sí, muy triste que ese talento actoral, de muchos actores y muchas actrices, como ella, sea desperdiciado. Se les ha confinado al olvido y a que sólo esperen su muerte, la que, seguramente, alguna breve nota periodística reportará.
Dice Eréndira que también tiene como vecino a Rafael Inclán, actor todavía activo en shows de Televisa. Agrega que convivió con varios durante la cena navideña y que todos son muy amables con su familia y ella. Qué bueno que sean amables actores y actrices, pienso, y no unos pedantes, como abundan en ese medio. Por ejemplo, el actor Johnny Deep, con su comportamiento déspota y gastando desproporcionadamente en relación a sus ingresos, además de no pagarles a sus trabajadores, ha caído de la gracia de productores y directores y se está quedando sin trabajo, a pesar de su fama y de tantas películas tan emblemáticas que ha filmado (ver: https://www.theguardian.com/film/2018/may/04/johnny-depp-hollywood-star-actor-fall?utm_source=esp&utm_medium=Email&utm_campaign=GU+Today+main+NEW+H+categories&utm_term=273904&subid=21873428&CMP=EMCNEWEML6619I2).
Tampoco le gusta la zona porque todo está “carísimo”. Le digo que han de pensar que todos son actores y que ganan muy bien. “¡No, ¿eh?, si vieras qué carros traen! La verdad, tenemos mejores carros que muchos de ellos. Por ejemplo, me dijo Rafael Inclán que él tuvo que solicitar crédito para comprar un auto usado, pues no le alcanza para uno nuevo, ¡fíjate!”. Pues sí, por desgracia el “éxito” en esta materialista sociedad se refleja, tal y como lo concibe Eréndira, en objetos como el tipo de auto o la casa en donde se viva. Y eso legitima a cualquiera, pues vale más un narcotraficante, por su poder de compra, al adquirir costosos y lujosos objetos que un obrero o un maestro, quienes sólo comprarán lo estrictamente necesario. ¡Así que pobres de los actores que no manejen un BMW nuevo!, se podría decir, ¿no?
Otro inimaginable problema en un “fraccionamiento de lujo” es que escasee el agua. “Cuando viví en Ecatepec, no nos faltó el agua. Rara vez, de verdad, faltó. Sólo una ocasión pedimos una pipa de agua. Y, aquí, llevo viviendo ocho meses y ya pedimos ¡tres pipas! Y como la casa tiene una cisterna muy chica, la pipa se va con más de la mitad de agua. A veces, el vecino de al lado compra y le sobra y nos propone que compremos la otra mitad. Y así, compartimos lo que cuesta”, dice, mostrando enojo. Pues vaya que es para preocuparse esa situación, de no tener agua en un “sitio de lujo”, pero, en realidad, si consideramos la ubicación tan alta en la que está ese fraccionamiento, no resulta extraño que la presión hidráulica no llegue hasta allá, sobre todo porque cada vez hay más y más gente y el agua se va perdiendo al irse distribuyendo entre más demandantes del vital líquido. Dice que la pipa se las dejan en mil pesos, muy cara, pues en zonas populares hasta son gratuitas. ¡Vaya problema!
Otra inconveniencia es que ahora debe de pagar el mantenimiento, que no es mucho, setecientos pesos mensuales, que uno pensaría que todos pagarían. “¡No, muchos no pagan. Y cada que hacen la junta de condóminos para ver lo de la cuota y otros problemas, nos pasan la lista de deudores, para que sepamos quiénes son y les dé vergüenza. Y no creas que uno o dos, no, deben ¡hasta ocho o nueve meses!”, exclama. ¿Irresponsabilidad o ingresos insuficientes?, se pensaría. Quizá ambas cosas, por lo que me ha estado platicando Eréndira. Probablemente ahora que Televisa está colapsando, que es la empresa que más trabajo da, o daba, a jóvenes actores y actrices, muchos ya no sean contratados y por eso sea que algunos no paguen mantenimiento, priorizando otras necesidades, como la comida, supongo. La vida del actor o de la actriz es muy impredecible, pues hay tantos, que aumenta la demanda por papeles, sea en películas, series televisivas, shows o telenovelas. Muchos se pasan meses o años sin un solo papel.
Un problema más que me platica Eréndira es el del extremo frío que se siente allí. “Fíjate, en diciembre hacía un frío horrible. No sé si por la depresión de ya no estar en mi casa de antes, con mis vecinos, mis amigos… no sé, pero, además, por el frío que hizo, yo me la pasé en la cama, tapada con muchas cobijas y ni así se me quitaba. Fíjate, todas las casas tienen chimeneas, por el frío que hace. Te venden leña en muchos lugares. Pero ni prendida la chimenea, se me quitaba el frío. Compramos calentadores para todos los cuartos, pero ni así. Es horrible, de verdad. Yo, en Ecatepec, ni en diciembre me ponía chamarras, no hacía tanto frío, pero aquí, ¡tengo que usarlas y ni así se me quita el frío”. Para mayor efecto dramático, Eréndira me muestra un par de videos en su celular, en donde se ve todo el asfalto y las banquetas totalmente cubiertas de granizo, que hace poco dejaron dos intensas tormentas. Como el granizo es hielo, deja el asfalto sumamente resbaloso, así que muchos carros prefirieron no avanzar. Mejor se estacionaron, pusieron sus luces intermitentes y esperaron a que el hielo derritiera. “Nosotros, como traíamos la camioneta, sí pudimos subir, pero la mayoría de la gente, se quedó”, comenta Eréndira, mientras vemos esos asombrosos videos, que dan la impresión de que fueron filmados en alguna nevada, en algún lugar de Estados Unidos, en invierno.
“Pues yo, por tantos problemas, mejor no vendo la casa de Ecatepec, por si nos regresamos. Aunque, fíjate, mi hija se quiere ir a vivir a Canadá y, mi hijo, a Japón, así que le digo a Raúl que, en el último de los casos, vendamos las dos casas y nos compremos un departamento, nada más para los dos”, dice, sonriente.
Sí, finalmente, cuando los hijos se van, bueno, los que tienen las posibilidades económicas para hacerlo, los padres quedan a su suerte. Y si ésta es buena, tendrán asegurado su futuro, a pesar de que los hijos se vayan.
Si no la tienen, estarán como la actriz Rosita Quintana, esperando que algún día alguien se acuerde de ella. Muy triste final.




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