Argentina - Crisis institucional, matonaje, descontento, inflación…

Posted by Correo Semanal on jueves, diciembre 13, 2007

Fuente: Bandera Roja Año XVI - Nro. 81 (2da. Época)
Presidenta nueva
y problemas viejos


• El gobierno logró la sucesión que esperaba, sin sorpresas, aunque en el marco de la elección más “desprolija” (por decir lo mínimo) desde 1983 en adelante. Desde la “desaparición” lisa y llana de las boletas opositoras hasta el intento desesperado de sumar más votos en la Capital extendiendo una hora el cierre de la votación, los comicios del 28 de octubre fueron también una muestra de la descomposición del régimen político y su tendencia hacia menos democracia y más presidencialismo. La falta de militancia genuina fue casi tan notoria como la falta de entusiasmo. Nadie salió a festejar el triunfo (salvo que le pagaran, claro).

• Si bien el Gobierno ganó por amplio margen, nadie le otorgó un cheque en blanco. Ni siquiera duplicó la magra votación del 2003 y fue derrotado en las grandes ciudades a manos de Elisa Carrió (la lista “oficial” de la Iglesia, que fue el “gran elector”, y puso sus huevos en todas las canastas). La Iglesia ganó, y mucho, el 28 de octubre. Baste decir que las primeras declaraciones de la presidenta que está por asumir fueron para dejar claro que estaba en contra del aborto, cosa que satisfizo mucho a las autoridades locales del Vaticano. En retribución, estuvo la designación de nuevos obispos argentinos y el envío de la mano derecha del Papa para la ceremonia de beatificación de Ceferino (el mapuche hijo de un militar y ahijado del presidente Luis Sáenz Peña). Esto no significa que se hayan eliminado las fricciones entre el Gobierno y la Iglesia, sino que ésta podrá ejercer sus presiones desde una relación más estrecha.

• La recomposición institucional que vienen intentando desde la presidencia de Duhalde y que tuvo algunos logros con Kirchner, entre el 2003 y el 2005, está muy verde. Los partidos no expresaron nada; y sus principales personalidades, tampoco. Es emblemático que la principal figura de oposición presidenciable (Carrió) que se perfiló el 28/10 saliera de inmediato a declarar que era la última vez que se presentaba como candidata al sillón de Rivadavia… Y en estos días tuvo que “arrepentirse” de lo dicho, presionada por la acelerada disgregación del ARI aun antes de asumir las bancas y cargos obtenidos. La UCR y el PJ, como tales, ni siquiera tuvieron boletas propias y sus múltiples representantes estuvieron desparramados en un reguero de listas determinadas más por el arribismo político que por algún leve asomo de convicciones ideológicas.
En lo que atañe al poder judicial, siguen proliferando las protestas de quienes, al mismo tiempo que declaman “confío en la Justicia”, incendian casas de violadores u organizan marchas con los vecinos del barrio para ejercer presión como única posibilidad de que la “justicia” haga lo que el pueblo reclama. ¡No es ésta la forma en que suele expresarse la “confianza” en una institución!
Incluso, aunque la mayoría de la gente asocie la idea de mayor seguridad con la de más presencia policial en las calles, también repudia a una fuerza que sabe asociada al delito, al tráfico ilegal de drogas y a cuanto hecho de corrupción exista. Ni que hablar de la quema de patrulleros en los barrios y otros hechos que se suceden ante la impunidad de los que siguen practicando tiro al blanco contra los pibes pobres. Entonces, el reclamo de mayor seguridad, en este cuadro institucional, no deja de ser una endeble ilusión que se desvanece ante el primer incidente. Por algo las candidaturas que mostraron abiertamente el discurso “mano dura” (Sobisch, Blumberg, Rico, Rodríguez Saa, etc.), fueron ampliamente derrotadas. De conjunto, la oposición no logró articular ninguna alternativa medianamente atractiva. El conjunto de la izquierda fue irrelevante por razones que, desde nuestra óptica, analizamos en la página 2. Como dijera Guidobono en la tapa del Nº 80 de Bandera Roja, por ahora, los K siguen “jugando al solitario”.

• En todo este cuadro, los atropellos a que nos quiere acostumbrar el Gobierno (sumados a algunos escándalos provinciales, como el de Córdoba) se reflejaron también en las elecciones nacionales. Si bien no hubo “aprietes” que pasaran a mayores –porque estaba claro que ganaban–, ésta es la dinámica que pudo observarse y para eso tenemos que estar preparados. La presencia de la Gendarmería y de la Prefectura para reprimir a los trabajadores en casi todas las luchas obreras recientes (desde el Hospital Francés hasta los fileteros de Mar del Plata, pasando por el fusilamiento del maestro Fuentealba) se va transformando en una constante. Esto habla a las claras de que aun los sectores burgueses que más cuestionan al Gobierno por su política impositiva o de retenciones a las exportaciones, pueden quedarse muy tranquilos con los Kirchner y sus ministros ya que ellos vienen demostrando que, pese a su ofensiva contra los genocidas de la dictadura, están dispuestos a defender a capa y espada los intereses capitalistas en contra del movimiento obrero (ver “Con Cristina…”, en pág. 2).
Esto incluye la política de fortalecer a la dirigencia sindical más afín al Ejecutivo –con Moyano a la cabeza, en desmedro de los “gordos”– para intentar volver a enchalecar a los trabajadores a través de los viejos sindicatos que se han ido vaciando de contenido y de afiliados. Por un lado, el Gobierno los necesita para poder concretar su ansiado “pacto social” (un revival del de Perón en los ’70). Por el otro, toda la vieja burocracia se disputa quién ocupa el lugar más cercano a las arcas del Estado y, para ello, no vacilan en aportar “sus muchachos” para demostrar su disposición a hacer buena letra cuando hay que ir a partirle la cabeza a trabajadores díscolos. En esa disputa, empiezan a aparecer cadáveres como verdaderos mensajes mafiosos. Y si esa tendencia se profundiza, ya sabemos adónde conduce.

• Por el lado de los trabajadores, no hay una conducción ni organismos que hayan madurado lo suficiente como para desplegar una lucha unificada, efectiva y generalizada que permita afrontar viejos problemas que atraviesan a todos los explotados (pérdida de poder adquisitivo, recuperación de viejas conquistas laborales, reconocimiento de derechos gremiales, respeto por la jornada de ocho horas, eliminación de los contratos basura, el trabajo en negro, el desempleo encubierto, etc.).
No obstante, son cotidianos los conflictos que, aunque cada uno por su lado, se repiten de empresa en empresa y de gremio en gremio, en todo el territorio del país, con luchas que tienden a profundizar sus métodos de protesta. Abarcan cada vez a mayores sectores, como lo expresa en estos días la fuerte huelga de los actores, y hasta se plantean objetivos políticos, como en el caso del Indec. Casi todas estas luchas se dan por fuera y hasta en contra de las conducciones sindicales oficialmente reconocidas.

• El avance y la consolidación de una nueva camada de activistas, su maduración política asentada en la acumulación de sus experiencias cotidianas, serán claves para avanzar hacia la construcción de una nueva dirección acorde a las condiciones de explotación en este tiempo histórico real y concreto que vivimos. El mundo cambió y la Argentina también. El modelo de un sindicalismo estatizado, acorde con la Guerra Fría y su enfrentamiento entre el Este falsamente “comunista” y el Estado de Bienestar occidental, murió y sería muy malo querer resucitarlo. Estamos viviendo un momento histórico que nos plantea tareas fundacionales. La tarea no es fácil pero tampoco imposible. Lo difícil es tener que seguir viviendo como hasta ahora.
Así como en los albores del movimiento obrero, todo hubo que construirlo con el “boca a boca”, en un trabajo mano a mano, entre clandestino e internacionalista, vinculando la lucha reivindicativa con un programa político revolucionario –y se construyó–, así hay que emprender hoy ese camino. Los intereses de los explotadores y de los explotados, hoy, están infinitamente más entrelazados a escala global que en aquellos tiempos. Tan cierto como que no existió el capitalismo desde el inicio de la humanidad, lo es que el “modelo” sindical y político de los últimos 50 años no tiene por qué perpetuarse in eternum. Más aún, en ningún lugar está escrito que no seamos capaces de superarlo. Con algunas condiciones:
1) sabiendo que para enfrentar a los capitalistas necesitamos también barrer a los burócratas a su servicio;
2) que no vamos a lograrlo poniendo un papel en una urna cada tanto, como algunos creen (las recientes elecciones en el gremio de Prensa son ilustrativas al respecto);
3) que las soluciones de fondo no se lograrán mediante un simple cambio de gobierno sino mediante un proceso revolucionario protagonizado por millones, que pongan en pie un nuevo poder opuesto al actual, un nuevo sistema, un nuevo Estado basado en instituciones que expresen a las clases explotadas y abran camino hacia un mundo nuevo, socialista… En definitiva, un mundo libre.