Brasil - Dos semanas de ocio para una sociedad agotada y resentida

Posted by Correo Semanal on viernes, agosto 12, 2016


Gabriel Brito, de la Redacción  
Correio da Cidadania, 8-8-2016
Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa

“El Brasil conquistó su ciudadanía internacional”, decía un emocionado Lula a la hora del almuerzo de aquel 2 de octubre de 2009, un lunes que suena lejano tanto por el tiempo como, principalmente, por el clima que se vivía en el país, inmune a la mayor crisis internacional del capitalismo desde la década de 1930 del siglo XX.
Siete años y algunos huracanes después, un Brasil deprimido y recalcado vio a Gustavo Kuerten entrar con la antorcha olímpica en el Maracaná y a Hortência asistir a Vanderlei Cordeiro para inaugurar oficialmente los primeros juegos en territorio sudamericano.
Pasado el susto de la pieza de pésimo gusto que llegó a ser ensayada para la ceremonia, representando a un niño de favela asaltando la “ciudadana de bien” (y blanca) Gisele Bündchen, el país vio algunos de sus mayores artistas representar, al fin de cuentas, escenificaciones sobre la historia del Brasil que agradan a casi todos.
De toda forma, la infeliz idea no dejó de expresar el “fin del sueño”, esto es, el desmoronamiento de la ilusión del “país de todos” y la vuelta del viejo extrañamiento entre clases y razas que todavía permea la conducción del cotidiano y sus relaciones socio-espaciales.
Con un costo total un poco superior a 39 billones de reales y supuestos 55% de inyección de capital privado, los juegos de Río tuvieron una apertura menos concurrida por jefes de Estado de la historia reciente. El impresentable presidente interino no tuvo el coraje de balbucear más de 5 palabras para la saludar el inicio de la fiesta y las cámaras no dudaron en huir de su rostro. A ejemplo de la Copa del Mundo, una extraordinaria exoneración fiscal  (calculada en R$ 3,83 billones) fue concedida a las corporaciones patrocinadoras de los Juegos, en cuanto se raspa cada moneda de los cofres destinados al financiamiento de los planes sociales, siempre en nombre del “ajuste de las cuentas nacionales”.
Del lado de afuera, algunos movimientos protestaron contra los desalojos de moradores pobres, la mercantilización de la ciudad, la violencia del Estado y las propias políticas deportivas. Algunos siempre estuvieron fieles a las demandas, otros adhirieron en los últimos tres meses, en la búsqueda de cualquier brecha para promover consignas contra el camarada de otrora, lo que, aparentemente, vació más que llenó cualquier combatividad y audiencia de los actos.
Si estuviésemos en auténtica fiesta y estabilidad política, el publicitado spot del 12 de junio de 2014, día de la apertura de la Copa del Mundo, sería repetido y habríamos vuelto a registrar sectores que empuñaban banderas rojas insultando a los mismos manifestantes.
Imposible no choquearse con tal duplicidad, dado que los grupos ahora etiquetados de “exgobernistas” (petistas) cerraron los ojos ante todo lo que se hacía en nombre de la gran fiesta traída por su chamán. Violencia policial, abuso de autoridad, militarización de la seguridad pública, leyes de excepción que vinieron para quedarse, segregación de las ciudades, más exclusión social; entonces, nada de eso era suficiente para cuestionar los mega-eventos sin las acusaciones de anti-patriotismo, rebeldía sin causa al servicio de los enemigos del “progresismo”.
Delante de tamaño agotamiento, una vez más el país recibirá un “descanso” a los dolores de cabeza del día a día, vivirá dos semanas de contemplación  y confraternización e intentará curtir el lado bueno de recibir a las Olimpíadas.
A ejemplo de 2014, en tanto, ninguna euforia precedió los días de fiesta, mucho menos, nos dedicamos un poco más a los deportes menos populares y mediáticos, de modo de prestigiar un poco más a algunos bravos brasileros que sudan y luchan en la pistas, piscinas y arenas menos frecuentadas por el espectador.
Como destacó el análisis de Eliane Brum (http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/02/actualidad/1470150051_489938.html) tal vez la más lucida de todas, llegamos al momento olímpico divorciados de los sueños de verano calentados en los últimos años, desde la quimera de la conciliación entre todos los lados de la sociedad hasta la noción de que todo había era un éxito y, de hecho, entrábamos al “club de los grandes”.
La “caza de la antorcha” vista en diversas ciudades del país por las cuales el símbolo olímpico transitó, volvió a ofrecer escenas de revuelta popular espontánea, a ejemplo de la moradora de Angra dos Reis que consiguió apagarla en medio a otros episodios bizarros, como la muerte del jaguar en Manaos, que marcaron esa maratón.
Conforme resalta la escritora, no se trata de transitar entre dos nociones empobrecidos de Brasil, una calcada en el eufemismo autoritario, la otra en el colonialismo cultural.
Así fue difícil no avergonzarse con las declaraciones del alcalde Eduardo Paes, que lideró la ciudad en todo el proceso, cuando las reclamaciones australianas al respecto de las instalaciones de la Villa Olímpica.
 “Vamos a dejar un canguro en la puerta del alojamiento” dijo el mandatario del PMDB, que lloraba al lado de Lula en la famosa ceremonia de Copenhage. “No, gracias, preferimos, preferimos fontaneros”, respondieron los visitantes.
Es de imaginar lo que habrá pasado por la cabeza de los australianos ante tal declaración. La demostración perfecta de la creencia de que nuestra informalidad da cierto y, para usar un término bien nuestro, “camelea” al extranjero, estupefacto con el estado de cosas de alojamientos que tuvieron siete años para construirse, pero pasaron por reparaciones permanentes. La metáfora del malandro tramposo y el gringo de la cintura dura, en vejatoria emulación.
Eso para no hablar del retiro de la empresa que prestaría seguridad en la Villa Olímpica, sustituida a última hora por la policía que, según la ONU, debería acabar, autora del secuestro del luchador de jiu-jitsu neozelandés Jason Lee, que vivía hace un años en Brasil y que abandonó el país.
El episodio todavía recuerda la Copa de 2010 en África do Sul, en la cual el Estado también tuvo que desplegar sus fuerzas de seguridad para el evento a última hora. De la ilusión del cine de Fernando Meirelles a la  realidad de apartheid, en otra metáfora implacable.
“El proceso, lamentablemente, fue siendo dejado para el día siguiente, cuando se precisaba tener planeamiento de alto nivel hace siete años, desde que se definió al Brasil como sede olímpica. Sin embargo, infelizmente, la Matriz de Responsabilidades fue divulgada apenas en 2014, después de la Copa del Mundo, a fin de aclarar cual ente gubernamental haría lo que. Una vez más, se intentó trabajar con entes internacionales como si fuesen nuestros vecinos de puerta, acostumbrados con la desorganización tan entreabierta que permea al Brasil en diversas instancias”, no dice recientemente la psicóloga del deporte Katia Rubio, autora del precioso libro Atletas Olímpicos Brasileros, con biografías de 1800 brasileros que nos representan en la historia de los Juegos.
Resta relajar en espíritu y olvidar un poco l de las amarguras de un año marcado por el referido agotamiento, reflejado también por el desarme de movimientos sociales influyentes, postrados ante un fin de ciclo político-económico que ahora da la razón a los más ácidos críticos del lulismo, en la época debidamente marginalizados o desdeñados. Hasta porque la Ley General de las Olimpíadas y la reedición, por Dilma Rousseff, de la Ley de Seguridad Nacional (ahora llamada Antiterrorismo, a fin de adecuarse a la doctrina global vigente), toma todavía más hostiles las condiciones de resistencia social.
La conciliación de clases y colores se disipó, de un lado, con la perplejidad de aquellos que de alguna manera calentaron un proyecto de país por los menos de 30 años y, de otro, la entrada en escena de sectores que no tienen mejor idea de que bramar, ruidosamente, por la vuelta de un Brasil que, a pesar de todo, jamás volverá a existir, simbolizados, por imbricaciones carcomidas de la guerra fría.
Una desolación para “pesimista” ninguno, como zapateaba Ronaldo en uno de los comerciales pre-Copa, tirando defecto. Inmovilidad de quien perdió el discurso y retorno histérico y vuelta de los viejos demonios que llegamos a creer superados por la historia.
“En términos de preparación del atleta, es innegable que hubo avance en relación al pasado, en función de todo el dinero inyectado. Pero, infelizmente, solo se cubre la superficie, una vez que la inversión en la base -esto es, aquel contingente de donde pueden despuntar atletas olímpicos- quedó a desear. ¿Hubo evolución? Sí. Pero no es suficiente para colocar a los atletas brasileros entre los mejores. Son necesarias por los dos generaciones olímpicas más para alcanzar tal objetivo. Es a partir de una actuación en la base, no en la cima”, resumió Katia Rubio.
Alentaremos por las victorias de nuestros atletas, pero sin olvidar que otro pase de magia de transformar la realidad sin tocar las viejas estructuras, se probará una farsa: no somos un país olímpico y no habrá legado para el ciudadano y, especialmente, en el deporte, para la juventud, esta que hoy es forjada por una clase política que postula el cierre del acceso a la enseñanza pública como “solución” de la crisis.