Chile: Reforma tributaria. Maquillando el modelo
El gobierno envió
al Congreso el proyecto de reforma tributaria, piedra angular de la prometida
reforma educacional pero que también servirá para apuntalar otras áreas y
balancear las cuentas públicas, hoy deficitarias. El proyecto fue presentado en
público por la presidenta Bachelet a menos de un mes de su regreso a La Moneda
y en el marco de un favorable clima político para su gestión. La recaudación de
8.200 millones de dólares adicionales para el Fisco -en tramos escalonados de
siete años-, cuenta con los votos necesarios, de la Nueva Mayoría, para su
aprobación...
Sin embargo, es
probable que se le hagan modificaciones. Figuras de peso de la Democracia
Cristiana vienen advirtiendo que sufrirá cambios en la discusión parlamentaria.
Además, hay un compromiso explícito de no pasar la aplanadora de esa mayoría -y
mucho menos la retroexcavadora-.
El oficialismo
admite, por lo tanto, que debe hacer algunas concesiones en el diálogo con la
derecha y el empresariado. Este último está dispuesto a soltar la plata siempre
que sus intereses generales permanezcan a buen recaudo. El vocero de la Nueva
Mayoría, diputado Guillermo Teillier, presidente del Partido Comunista, ha
reiterado al diario El Mercurio que no se pasará la aplanadora y que todos los
aportes serán válidos, destacando que “la derecha tiene gente con experiencia que,
aunque se oponga, sirve” (31/3/2014).
El gobierno
necesita estos recursos -que obtendrá principalmente con un aumento del tributo
que pagan las empresas-, para financiar su programa, en particular la reforma
educacional, iniciativa levantada como bandera de la campaña de Bachelet. El
escaso apoyo ciudadano que las dos finalistas recibieron en la segunda vuelta
electoral, debido a una histórica abstención del 58%, y la emergencia de las
demandas de una sociedad civil más organizada, hace que el gobierno esté siendo
observado y sometido a presión para el cumplimiento de sus promesas.
La presidenta
Bachelet ha señalado que la reforma tributaria es el soporte de la reforma
educacional, pero le ha añadido otros destinos, comprometiendo una reducción de
la desigualdad social que caracteriza al país. Fueron breves sus palabras para
presentar una limitada reforma tributaria que -con suerte- se cumplirá en un
plazo de seis a siete años. Ya se ha advertido que el programa propiamente tal
requerirá de tres o cuatro periodos de gobierno para alcanzar sus metas
actuales (que seguramente se verán superadas ampliamente en ese lapso).
Estamos frente a un
programa de cambios moderados que apenas tocarán la superficie del modelo
neoliberal que la Concertación -y la propia Bachelet- contribuyó a construir
durante más de dos décadas. La feroz injusticia social que la Nueva Mayoría
pretende suavizar a través del aumento del 20 al 25% de los impuestos a las
grandes corporaciones, es un efecto directo de los anteriores gobiernos de la
misma coalición, que lleva la impronta política de la socialdemocracia y de la
democracia cristiana, beligerantes defensores del capitalismo a escala
internacional.
El empresariado,
como lo ha hecho durante décadas, se presenta a sí mismo como el motor de la
economía y de la creación de empleos. Este discurso, compartido y difundido por
la ex Concertación, esconde las sesgadas políticas que hacen de Chile uno de
los países con la peor distribución de la riqueza en todo el mundo. Los bajos
salarios -con la explotación adicional de abundante mano de obra extranjera-,
la nula protección laboral, la inexistente seguridad social, los servicios
básicos privatizados que cobran tarifas abusivas, las limitaciones a la
sindicalización y al derecho de huelga, etc., hacen de la clase trabajadora una
víctima fácil de la voracidad capitalista. Esto es consecuencia directa de una
institucionalidad forjada por la dictadura militar-empresarial, que ha sido
protegida y perfeccionada por la Concertación durante más de veinte años. El
revés de la medalla de esta realidad son las utilidades siderales de las
grandes empresas y la extrema concentración del poder económico y político que,
asociados, han conformado una todopoderosa oligarquía.
El gobierno calcula
que la reforma tributaria rendirá finalmente unos 8.200 millones de dólares
anuales. Pero si se observan las utilidades de las empresas, esa cifra
significa muy poco. Sólo el sector minero ganó el año pasado cerca de 22.000
millones de dólares, en tanto la banca obtuvo 3.500 millones de dólares. A su
vez las empresas internacionales que operan en el país ganaron 15.257 millones
de dólares el año pasado, lo cual, en América Latina, sólo es superado por las
utilidades que obtienen en el gigantesco Brasil. Vale la pena señalar que en la
última década el récord de utilidades de las empresas extranjeras en Chile se
registró en 2007, durante el primer gobierno de Bachelet, cuando alcanzaron a
22.823 millones de dólares. Mediante este régimen de ganancias se ha
configurado el país deforme que hoy tenemos. Una mayoría sometida a una elite
racista y prepotente que habla con soberbia de “su” economía, “su” PIB y “su”
tasa de crecimiento.
Chile exhibe el PIB
per cápita más alto de Latinoamérica (en torno a los 20 mil dólares anuales, unos
once millones de pesos), pero es también el país con la peor distribución de la
riqueza, similar a países del sur de Africa. El diez por ciento de la población
se apropia de más de la mitad de la riqueza. El uno por ciento de los más ricos
se adueñan de más del 30 por ciento del ingreso. O sea, la monstruosa
concentración de la riqueza está coronada por una hiper concentración en manos
de multimillonarios que figuran en el exclusivo club de la revista Forbes.
Este grupo de
extrema opulencia tiene ingresos más altos que los ricos de Suiza, en
circunstancias que, según datos de 2011, el 50 por ciento de los trabajadores
chilenos ganan apenas 250 mil pesos mensuales, y en el 65 por ciento de los
hogares el ingreso por persona es de poco más de 200 mil pesos.(*)
Esta realidad
obscena, en que se mezclan gigantescas utilidades con una desigualdad extrema,
sólo subsiste gracias a una institucionalidad impuesta por la fuerza. El
crecimiento de la economía chilena, sometida hoy a una desaceleración, se
explica por la continuidad del modelo que comenzó con la venta de los activos
del Estado a precios de saldo y que se consolidó mediante la explotación
despiadada de los recursos humanos y naturales. Chile se ha convertido en un
“paquete de negocios” cuyo principal atractivo lo constituye una legislación
laboral que mantiene a raya las demandas para nivelar salarios y ajustar
desigualdades. Ninguna de estas garantías a la inversión privada hubiera sido
posible sin el apoyo de los gobiernos y cúpulas políticas que manejan el país
desde hace 41 años.
Ante la magnitud de
la devastación causada a Chile por el neoliberalismo, la reforma tributaria
debe entenderse más como un mecanismo de la Nueva Mayoría para suavizar sus
culpas políticas que un intento serio de terminar con las desigualdades. Más
que un programa que inicia la desinstalación del modelo neoliberal, como han
anunciado algunos exultantes voceros políticos y periodísticos de la Nueva
Mayoría, es un mecanismo para modernizar ese modelo y ponerlo a tono con las demandas
sociales. A la degradación que ha sufrido la educación pública, hay que sumar
múltiples otras áreas de la vida del país. Todas y cada una han mutado en
“nichos de mercado” que aseguran espacios de especulación a la empresa privada.
Solo en 2012 las Isapres, que han vuelto a aumentar los planes de salud con que
esquilman a sus afiliados, ganaron más de 80 mil millones de pesos, en tanto
las AFPs, que pagaban en febrero una pensión promedio inferior a los 200 mil
pesos, obtuvieron más de 600 millones de dólares en utilidades ese mismo año.
Habrá más impuestos
a las empresas -mediante consentimiento de ellas-, se producirá un eventual
acomodo en el área de la educación, pero el resto del modelo seguirá intocado,
descansando sobre las mismas bases de estos años. Un cambio en cualquier área
vital, como podría ser la recuperación del cobre como un bien público o de los
miles de millones de dólares confiscados a los trabajadores por las AFPs,
entregaría de manera permanente muchísimos más recursos que el modesto aumento
de los impuestos que plantea el gobierno.
Quienes han
administrado y reforzado el modelo de libre mercado no están ni estarán nunca
dispuestos a desmontarlo. Ante las demandas sociales que surgen de las
injusticias y exclusiones del neoliberalismo, esta reforma tributaria es el
producto timorato de la vieja Concertación que intenta demostrar su
superioridad en la administración del modelo -frente a la fracasada ortodoxia
de la derecha- para adaptarlo al espíritu de los tiempos. Es también una expresión
más de su ya conocida vocación política: cambiar algo para que todo siga igual.
PF
(*) La OCDE
(Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) señala en su
informe de 2014 que Chile ocupa el primer lugar en desigualdad de ingresos entre
los 34 países miembros de la organización.
Editorial de “Punto
Final”, edición Nº 801, 4 de abril, 2014
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