Chile-Bolivia: Conflicto irresuelto
El Mostrador
28 de Marzo de 2013
Chile-Bolivia:
Conflicto irresuelto
Sociólogo
Los conflictos –nacionales o internacionales–
pueden ser de naturaleza jurídica o política. Nuestro conflicto histórico con
Bolivia es político. Jurídicamente, el Tratado de 1904 resolvió el diferendo
limítrofe entre ambos países. Sin embargo, aquel fue completamente
insatisfactorio para el país vecino.
Para entender lo anterior tenemos que saber, en
primer lugar, que Chile y Bolivia suscribieron en 1895 un Tratado por el cual
Chile se comprometía a cederle a Bolivia una franja soberana de territorio
entre Chile y Perú, cuya ubicación dependería del arreglo final sobre Tacna y
Arica. El tratado nunca se ratificó; y una vez que Chile superó el peligro de
guerra con Argentina cambió su política hacia Bolivia en 180 grados,
ofreciéndole solo “puertos libres” sin soberanía.
Es más, a través de una brutal “nota diplomática”
del 13 de agosto de 1900, el ministro de Chile en La Paz, Abraham König, le
señaló a Bolivia que “es un error muy esparcido y que se repite diariamente en
la prensa y en la calle el opinar que Bolivia tiene derecho a exigir un puerto
en compensación de su litoral. No hay tal cosa”.
Esto que en principio constituye un obstáculo puede
convertirse en una gran virtud. Esto es, que a través de una negociación
satisfactoria para los tres países se logren dejar atrás todas las secuelas de
la Guerra del Pacífico. Es decir, acordar una salida soberana al mar para Bolivia
(¿por un canje territorial?); definir textos escolares comunes respecto de
nuestro pasado confrontacional (como Francia y Alemania); llegar a consensos
sobre los “trofeos de guerra” (¿convertir al Huáscar en museo binacional?);
hacer de nuestras efemérides celebraciones de confraternidad trinacionales;
establecer polos de desarrollo económico integrados en el extremo norte; etc.
Chile ha ocupado el litoral y se ha apoderado de él
con el mismo título con que Alemania anexó al Imperio la Alsacia y la Lorena,
con el mismo título con que los Estados Unidos de la América del Norte han
tomado a Puerto Rico. Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de
las naciones (…) En consecuencia (…) las bases de paz propuestas y aceptadas
por mi país y que importan grandes concesiones a Bolivia deben considerarse, no
solo como equitativas, sino como generosas” (Mario Barros.- Historia
Diplomática de Chile 1541-1938; Edit. Andrés Bello, Santiago, 1990; p. 583).
Dichas “bases” fueron las que originaron el texto
del Tratado de 1904; que Bolivia —de acuerdo al propio Gonzalo Vial, a quien
nadie podrá acusar de poco nacionalista— se vio virtualmente obligado a
suscribir. Así, Vial nos dice que “Bolivia tenía dificultades limítrofes no
solo con Chile, sino con todos sus otros vecinos: Paraguay (por el Chaco),
Brasil (por la región de Acre), Perú y Argentina; sus finanzas, además se
hallaban gravemente quebrantadas”. Por otro lado, necesitaba inversiones
extranjeras para explotar “diversos tipos de riquezas nacionales”, pero “la
indefinición de una guerra perdida, pero no liquidada, era mortal para los
capitalistas extranjeros”. Y por último, la tregua (existente) implicaba una
apertura total de la economía boliviana a los productos chilenos (y peruanos) y
“simultáneamente, diversos países que gozaban ante Bolivia de la llamada
‘cláusula de la nación más favorecida’, sostenían su derecho a ser equiparados
con nosotros y los peruanos”; todo lo cual llevó al canciller boliviano a
señalar en 1902 que su país se encontraba “en un verdadero estado de
interdicción” (Gonzalo Vial.- Historia de Chile (1891-1973), Volumen II; Edit.
Santillana, Santiago, 1983; pp. 378-9).
De este modo, a nadie puede extrañar que ya en 1910
el canciller boliviano, Daniel Sánchez, en memorándum dirigido a Chile y Perú,
señalara que “Bolivia no puede vivir aislada del mar”, y que necesitaba “por lo
menos un puerto cómodo sobre el Pacífico”; y que respecto de esto “no podrá
resignarse jamás a la inacción” (Vial; p. 556). Ni tampoco que en 1913, Ismael
Montes -¡el presidente boliviano que suscribió el Tratado de 1904!- en su paso
por Chile a Bolivia para reasumir la presidencia, sugiriera en una reunión con
personalidades chilenas que se le cediera Arica a Bolivia al resolver Chile su
problema con Perú (Ver Manuel Rivas.- Historia Política y Parlamentaria de
Chile, Tomo I; Edic. de la Biblioteca Nacional, Santiago, 1964; pp. 358-9).
Pero lo más decidor respecto a esto es que varios
gobiernos chilenos en el curso del siglo XX han estado dispuestos a negociar
con Bolivia una salida soberana al mar. Han sido los casos de Juan Luis
Sanfuentes en 1920; de Emiliano Figueroa en 1926; de Gabriel González Videla en
1950; y de Augusto Pinochet en 1978 y 1987. Es decir, más allá del fracaso de
dichos intentos o tratativas, ¡en numerosas ocasiones Chile ha reconocido que
nuestro diferendo con Bolivia está políticamente sin resolver!
Por cierto, el hecho de que el Tratado de 1929 con
Perú incluya una cláusula (¡propuesta por Chile, de acuerdo a lo confesado por
el propio canciller chileno de la época, Conrado Ríos Gallardo!) que obliga a
que una salida soberana al mar para Bolivia por territorios que antes fueron
peruanos tiene que incluir a Perú en la negociación; hace que toda negociación
realista (porque Chile naturalmente no aceptará dividir su territorio) tenga
que ser trilateral.
Esto que en principio constituye un obstáculo puede
convertirse en una gran virtud. Esto es, que a través de una negociación
satisfactoria para los tres países se logren dejar atrás todas las secuelas de
la Guerra del Pacífico. Es decir, acordar una salida soberana al mar para
Bolivia (¿por un canje territorial?); definir textos escolares comunes respecto
de nuestro pasado confrontacional (como Francia y Alemania); llegar a consensos
sobre los “trofeos de guerra” (¿convertir al Huáscar en museo binacional?);
hacer de nuestras efemérides celebraciones de confraternidad trinacionales;
establecer polos de desarrollo económico integrados en el extremo norte; etc.
Además
que una obvia consideración de nuestros intereses nacionales debiera tener en
cuenta que preservar permanentemente nuestras malas relaciones con nuestros dos
vecinos del norte nos significa también una permanente desventaja con
Argentina, aunque este país no lo quiera. Constituye un virtual axioma que si
uno tiene tres vecinos y está siempre mal con dos de ellos el tercero (sobre
todo si es más grande, populoso y poderoso que uno) tiene per se una ventaja.
¿Y no ha sido así siempre en nuestras relaciones con Argentina?
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