Chile - La socialité concertacionista
18 de diciembre de 2012
Fuente: El Mostrador
Podríamos decir que la historia reciente de Chile ha conocido tres
“Concertaciones” distintas.
A la primera Concertación la llamaremos ‘la pura’, la que originalmente fraguó la derrota de Pinochet y la conquista de
la democracia, la que se articuló como una épica ejemplar para América Latina y
como un gigante moral al interior de nuestro país, esa que fue capaz de vencer
los particularismos partidistas por el poder en pos de una gesta que marcó el
fin de los 80 y los primeros años de los 90.
A la segunda Concertación, la que conocimos como gobierno desde el
periodo aylwinista hasta el fin del bacheletismo, la que se encargó de
modernizar el país, más con los instrumentos del libre mercado que con los de
la regulación y gestión estatal, más con los instrumentos de la privatización que
con los de esa cultura pública tradicional chilena, más con el coqueteo a los
banqueros y empresarios que con el deseo y la esperanza de un Chile más justo y
solidario de las mayorías, a esta segunda Concertación llamémosla ‘la pragmática’ (Moulián la llamó ‘la transformista’, para no
usar el mote ‘travesti’, por respeto al travestismo, por cierto). Es la
Concertación que se obnubiló con el poder, el dinero y la gloria, la que se
hizo de un extraordinario ropaje tecnócrata. Es la del MOP-Gate, la del CAE, la
del Transantiago, la de los tigres, la de la
justicia-en-la-medida-de-lo-posible, la que se-la-jugó-por-Pinochet, la que
desmovilizó la sociedad chilena y creó la farándula cultural que tontifica
patológicamente.
Es también la que creó un sinnúmero de personajes de salón —la ‘socialité concertacionista’— altamente reconocidos por su
discursividad republicanoide y su locuacidad intelectualoide, que se hizo de un
espacio en los medios de comunicación y que representa intereses de partido,
células de partido o lisa y llanamente redes de influencia, lobby y poder líquido. Están en la radio, la televisión y la prensa
escrita. Es una socialité que paga
favores (o se paga de favores) mediante empleos públicos o privados, mediante
granjerías en fundaciones o simplemente se consuela mediante paletadas, hasta
guiños, de uno con poder de verdad: Lagos, Escalona, Bachelet, Gutenberg,
Girardi, etc. Es la socialité que está
siempre del lado de la razón y la mayoría: la razón de Estado, republicana, con
sentido de futuro, de gobernabilidad, de realismo, la que está del lado de la
historia de la gran política. La que da cuenta de sí misma con una pose de
‘star’: cigarrillo en boca, tono gutural, fraseología yanqui o francesa según
sea PhD, bolso de cuero posmoderno, lino, cachemira… dignos de una de esas
crónicas asertivas y profundas de la siutiquería nacional de Oscar Contardo, la
que ‘rasquea’ y ‘gordea’ a todo el mundo.
Todos sabemos que, en verdad, por debajo de esa estrategia
comunicacional de las primarias propia del mundillo de los socialité
concertacionista, se está fraguando un programa redentor que volverá a dejar
contentos a los banqueros y empresarios de siempre, a los dueños de todos los
retail chileno (desde el supermercadista al universitario) y a los que siempre
ganan cualquiera sea el gobierno de turno.
Finalmente, estos últimos meses estamos asistiendo a una tercera
Concertación, la que llamaremos ‘la programática’, que desde un
comienzo no sabía si plantearse comunicacionalmente más a la izquierda o no
(pues eso era: nadie podría creer que en serio podrían ser alguna vez de
izquierda) y que hoy por hoy posa de abierta, participativa y democrática por
el solo hecho de convocar a unas primarias entre cómicas y patéticas. Pues
bien, en ese mundillo comunicacional, la socialité concertacionista
emite mensajes, elabora juicios de valor, crea relatos, ensaya frases, y busca
minar —es claro— todas las opciones que no tengan ese ‘olorcillo a pucho de
izquierda’ que la alegría de Bachelet trae.
Todos sabemos que, en verdad, por debajo de esa estrategia
comunicacional de las primarias propia del mundillo de los socialitéconcertacionista, se está fraguando un programa redentor que volverá a
dejar contentos a los banqueros y empresarios de siempre, a los dueños de todos
los retail chileno
(desde el supermercadista al universitario) y a los que siempre ganan
cualquiera sea el gobierno de turno.
Todos lo sabemos: los políticos de verdad siguen haciendo su trabajo
como siempre lo han hecho (encerraditos… a oscuras) y serán las primarias el
momento en el cual —ya con el programa de Bachelet en mano— validarán por ‘sus’
mayorías las ideas republicanas que Chile necesita y que vienen desde el norte.
El resto es humo.
En ese acto electoral de primarias la socialité concertacionista (de comentarista) y los políticos de la
Concertación programática (de protagonista) se reunirán para hacernos creer que
han cambiado sus métodos y que —ahora sí— han escuchado la voz del
pueblo, de los jóvenes, de los ciudadanos de
Freirina a Punta Arenas, de Huasco a Santiago, de Chile… porque hoy estamos
ante un nuevo Chile que necesita una nueva estrategia de desarrollo,
crecimiento y democracia… Prepárense o vayan escuchando a la socialité atentamente.
Pero la pregunta es evidente, para la socialité y para los políticos de la Concertación que viene ¿cuánto de ese
programa acogerá las demandas que la movilización social ha levantado en estos
últimos años?; ¿está la Concertación programática dispuesta a morder la mano
del empresariado que le dio de comer cuando eran pragmáticos?
En lo que respecta al retail universitario,
todas las señales dicen que no se avanzará sino que por las actuales líneas
propuestas por el gobierno de Piñera, que dicho sea de paso, venían ya
históricamente desde la Concertación pragmática: la creación de instituciones
públicas que regulen el mercado del retail universitario,
ahora con ‘mano dura’, será la apuesta (hasta la derecha apoyará ciegamente…
les conviene esta vez) para frenar el malestar estudiantil. Ya
Ricardo Lagos está cuadrando a la socialité y a su discurso.
Es claro. Respecto a las otras problemáticas universitarias, la respuesta será
también negativa.
Sólo hace un par de semanas hice una
reflexión en torno a uno de los temas tradicionales de los
movimientos estudiantiles universitarios, como lo es la democracia
universitaria. Bastó simplemente la reflexión, para que un socialité concertacionista, el Profesor Titular de la Universidad Diego
Portales Alfredo Joignant, enjuiciara negativamente desde sus salones de honor
una humilde verdad: desde la vuelta a la democracia, la Concertación no hizo
nada a favor de modificar los Decretos con Fuerza de Ley que le garantizan, al
cuerpo de rectores de las universidades chilenas, una institucionalidad a la
medida de un contexto autoritario propio de la dictadura del Capitán General
Augusto Pinochet Ugarte, es decir, no hizo nada a favor de la democracia
universitaria.
Puse como ejemplo uno paradigmático y paradojal a todas luces, el del
Rector Carlos Peña, un rector que jamás se ha sometido a proceso democrático
alguno, cuando semana a semana, moraliza con su liberalismo bienpensante los
sagrados domingos de reflexión del mundo católico de El Mercurio. Bastó eso
para que Joignant saliera en su defensa y espetara como comentario:
“Mala la columna, porque parte del supuesto que los
rectores deben ser necesariamente elegidos y que las universidades serían
espacios democráticos formales por definición. Nada más discutible que todo
aquello. Para no latear y ser franco y directo en el argumento: no soy
partidario del principio de la elección de los rectores tanto en universidades
públicas como privadas, sino de comités de búsquedas. Razones hay muchas y la
que más me preocupa es una que experimenté muchas veces cuando estaba en la U. de
Chile: claustros de profesores quebrados pasada la elección, total ausencia de
garantías de que el rector electo lo hará bien, y así sucesivamente. Me parece
absurdo e inútilmente ofensivas las criticas a Carlos Peña por no disponer de
una base de legitimidad de corte electoral, que considero innecesaria, así como
muchas universidades públicas y privadas en países como Francia, Estados Unidos
o Inglaterra.”
Algunos comentaristas le replicaron y agregó:
“Lo de Peña y el modo de elección de rectores no es
un problema político, no tiene que ver con los déficits de la democracia
chilena, y tampoco tiene que ver con la Concertación. Es un problema que se
plantea en todas las universidades del mundo, y la tendencia es al comité de
búsqueda[…]El problema planteado por el autor tiene que ver con los modos de
gobierno de las universidades, las que no son espacios democráticos naturales
dadas las jerarquías internas involucradas […] Cuando digo que las
universidades no son espacios democráticos, no estoy diciendo -por favor- que
son dictaduras: precisamente porque son espacios de generación y difusión de
conocimiento, es que no son espacios igualitarios…”
Para la historia reciente de las Universidades chilenas son comentarios
fuertísimos los del profesor Joignant. Recuerdan lo peor. Sin embargo, no me
voy a concentrar en los errores de su comentario (lo que dice de Francia es
francamente un error para alguien que estudió en sus Universidades), tampoco en
los rectores de la Universidad de Chile que critica por su gestión, tampoco en
su estéril esfuerzo comparativista, y menos en su defensa febril al Rector que
lo cobija y ampara (eso habla por sí solo y se entiende, es humano) sino
simplemente quisiera perfilar sus comentarios contra la democracia
universitaria como una invitación a los lectores a profundizar más en lo que
estamos hablando, que como dije, recuerdan lo peor.
Recuerdan a la época cuando la eminencia gris de Laurence Golborne, Juan
Antonio Guzmán, uno de los más reputados e históricos del retail universitario chileno, era ministro de Educación de Pinochet.
Recuerdan cuando en 1987 impuso en una estrategia conjunta con Hacienda y
Odeplan, y el mismo Pinochet, a Federici en la rectoría de la Universidad de
Chile. Recuerdan todo ese proceso de autoritarismo insoportable y de
argumentación retórica de modernidad universitaria. Recuerdan al fin las ideas
de democracia universitaria del ministro de Odeplan, Sergio Melnick el 23 de
Agosto de 1987 en El Mercurio:
“La democracia es el gobierno del pueblo, de las
mayorías. Hay en esa idea un concepto de masa, de cantidad. En ese sentido
pocos conceptos son más antagónicos al de universidad que el de democracia. En
la universidad las ideas no se cuentan… se pesan. La universidad seria es
eminentemente elitista[…] en las mejores universidades del mundo las elecciones
de directivos no son lo habitual[…] y esto es válido desde el director de
departamento hasta el rector y presidente de la universidad”
Y agregando, igual que Joignant, algo insólito desde el punto de vista
comparativista, remata Melnick:
“Hay universidades desde luego, donde las
autoridades se generan por elecciones, pero parecen ser las menos, tanto en
cantidad como en calidad”.
Del mismo modo, los comentarios de Joignant recuerdan la famosa tesis de
Jaime Guzmán de 1970 titulada “Teoría sobre la Universidad” en la que dice en
su página 93:
“Pensamos que el sistema democrático no es apto
para dirigir la institución universitaria, porque siendo la democracia el
gobierno de todos, su aplicación a la Universidad exige la concurrencia de
profesores, investigadores y alumnos en el gobierno de ella conformando el
sistema de cogobierno universitario, el cual a nuestro modo de ver es
inaceptable”.
Se habla en plural, pues la tesis fue escrita en coautoría de Jovino
Novoa; ahora bien, en lo que respecta a la elección de rectores y autoridades,
Jaime Guzmán y compañía dicen:
“Tendemos a pronunciarnos, en líneas generales, por
un mecanismo de democracia restringida […] si no hemos considerado en absoluto
la participación de los funcionarios administrativos y demás empleados en la
elección de las autoridades universitarias, ello se debe a que por no ser
miembros de la comunidad universitaria importa un contrasentido el concederles
participación…”
Recuerdan en verdad a muchos próceres más, pero no quiero ser majadero,
el sentido se entiende, los nombres expuestos muestran el arco desde el cual se
ha rechazado la sola idea siquiera de democracia universitaria: desde la
derecha neoliberal (Sergio Melnick) a la derecha política dura schmittiana
(Jaime Guzmán).
Ya desde los 80 sabíamos que intelectuales de la Concertación como J.J.
Brunner se oponían a la democracia universitaria, lo que no sabíamos era lo
profundo que había descendido a la socialitéconcertacionista.
Si es así, tampoco podemos esperar de la Concertación programática de hoy mucho
más.
Lamentablemente, hoy la Concertación es más socialité que coalición política y seguramente por ello recuerda mejor las
críticas de la Miss Universo Cecilia Bolocco contra el paro universitario del
87, que la lucha de Quintana y Tohá… es más propio de su naturaleza.
0 Responses to "Chile - La socialité concertacionista"
Publicar un comentario