Argentina: Arrabal amargo
Andrés Figueroa Cornejo
1. El movimiento del capital
se expresa como concentración privada del excedente socialmente
producido, las desigualdades, las relaciones de poder en todo el orden
sistémico, y el malvivir de las clases
subalternas. La destrucción de fuerzas productivas -es decir, la sobrecapacidad
productiva que no se realiza por fines gananciales y, a la vez, para provocar
el exterminio, subordinación o subsunción de aquel capital incompetente-
impide, porque está en su condición, que el capitalismo planetario termine con
el hambre, los horrores y guerras sociales en sus diversos formatos, y la
alienación. Pero sienta las bases objetivas para una nueva civilización de
humanidad de iguales libremente asociados en la cual no exista el trabajo
asalariado.
2. El movimiento del capital y su triunfo histórico -por
tanto, finito- multiplica sus crisis de manera ampliada y para reproducirse en
su estadio crepuscular está obligado a
elaborar más o menos planificadamente estrategias de acumulación radicalizadas
(de la raíz del liberalismo) ante el agotamiento e insuficiencias de sus formas
tradicionales para mantener la tasa de ganancia convenida por la minoría dominante.
De este modo, genera sus propios límites y contiene dinámicamente las
condiciones para su superación necesaria.
3. La actual fase se caracteriza por el predominio del
momento del capital financiero y especulativo como control de mandos de los demás
momentos del capital; la acumulación originaria, no ya como un episodio
diacrónico del capitalismo, sino como propiedad de su dinámica general a través
del despojo sin vallas y la conversión en mercancía de la totalidad
ecosistémica; y la súper explotación del trabajo asalariado mediante la
tercerización, la aniquilación de las leyes laborales, la liquidación de las
relaciones contractuales devenidas tanto de viejas conquistas del trabajo, como
de políticas contenciosos socialmente,
etc.
4. La división internacional del trabajo sitúa a
Latinoamérica como territorio dependiente de los Estados corporativos
centrales, y de Estados Unidos, en particular. Por medio de la demanda china se
ha provocado un boom de los precios de los commodities y un reimpulso del
primario extractivismo. Ello causa contingentemente la sensación ideológica
entre ciertos sectores, de que el expansionismo chino es 'mejor' e incluso una
'alternativa' al imperialismo norteamericano. China, en tanto no sólo compra
materias primas y exporta mercancías baratas y de calidad, sino que su propia
emergencia es resultado de la expoliación de su pueblo y la subsecuente
intensificación de la lucha de clases en su interior. Asimismo, compra deuda e
instala bancos y financieras en Latinoamérica mientras sufre una eventual
burbuja inmobiliaria. China no es un fenómeno que renueva al capitalismo.
Ingresa inmediatamente a su movimiento en el momento y lugar en el que se
encuentra. Tal cual, América, con la espada y la cruz, fue incorporada desde la
conquista española a la fase más avanzada de mercantilización y desposesión que
demandaba el capitalismo en ciernes.
5. Mientras, en el Continente de Bolívar y Martí, la
producción industrial consolida su atraso e incapacidad de abastecer
soberanamente sus propios mercados internos, y menos puede competir en el
mercado mundial, salvo anécdotas inestables y acotadas, sentadas sobre la
explotación humana más salvaje. De hecho, su fuerza laboral mayoritaria se
desempeña en el sector servicios y en la micro, pequeña y mediana empresa donde
escasean los créditos, las leyes laborales y que permanecen supeditadas a los
intereses e imposiciones de las megacorporaciones. En el campo la situación es
aún más cruda, no existen reformas agrarias consistentes (donde las hubo), el
campesinado está sujeto a la industria del extractivismo y hace tiempo que su
condición es de trabajador asalariado agrario: el peor rentado, en vías de
extinción y arrojado a las ciudades para engordar la miseria y desnutrir el
precio del salario en la urbe. Las únicas manifestaciones de resistencia no
capitalistas, con un costo social, cultural y político difícil de describir,
están en los pueblos y comunidades indígenas, castigadas por la nueva ola de
usurpación territorial y condenadas a economías de sobrevivencia, a la
represión y el exterminio.
6. En términos gruesos, políticamente Latinoamérica está
dividida en dos grandes bloques: el de países como Venezuela (más clara y
ofensivamente), Ecuador y Bolivia que mediante nacionalizaciones
significativas, economías mixtas y una incuestionable redistribución del
excedente, constituyen sociedades menos desiguales y ricas en procesos
político-populares incluso
independientes de los propios gobiernos progresivos, o con su bendición,
o a pesar de sus intentos de control por arriba. Lo cierto es que estos
gobiernos pro-populares, fruto de grandes luchas sociales concretas y el
descrédito del sistema de partidos políticos tradicionales, han liberado
fuerzas sociales y potenciado organización popular. Por otro lado, se encuentra
el bloque de países que nítidamente, es pura extensión de los intereses del
imperialismo norteamericano y su programa ultraliberal para naciones capataces.
Allí están México, Panamá, Colombia, Chile, Perú y se candidatea sin temblores
Uruguay.
7. Argentina es un dechado de contradicciones. Políticamente
de apariencia nacional-populista, económicamente liberal y culturalmente
progresista e inofensiva. Vive del agroextractivismo y particularmente de la
soja mientras sostiene a duras penas
remanentes de la industria alimenticia, textil y otras aún menores. Su fuerza
de trabajo se desempeña en zonas de servicios y pymes en un 70 %, y más de la
mitad de ella labora sin contratos de ningún tipo, por tanto la previsión y
obras sociales les están prohibidas. Se trata de un Estado burgués subsidiario
y concesionista del capital (término para edulcorar las privatizaciones) con el
compromiso con las corporaciones de servicios básicos de rebajas tarifarias
cada vez menos extendidas entre la población.
Decrece económicamente con una inflación estructural que
destruye salario y empleo. Instaura cargas impositivas a los trabajadores
medios como si el salario fuera ganancia y arrebata derechos laborales (ART).
No cobra impuestos a la renta financiera y alienta la megaminería con
importantes resistencias de la población afectada, en tanto las inversiones transnacionales
se comportan como capitales golondrina y cierta cautela debido a la calificación de país relativamente riesgoso
frente al pago de sus compromisos, la inflación y el cambio de las 'reglas del
juego' según los vientos. Independientemente de que el Banco Mundial aprueba la
gestión del kirchnerismo y comprende para su tranquilidad que algunas políticas
proteccionistas sólo persiguen la recaudación de dólares para cancelación de
deuda externa, 'fondos buitres' y hacer y ser caja y aval para el capital
cuando lo precise. Por lo demás, su deuda pública se torna interna, tomada del
ahorro previsional de los trabajadores y mediante la emisión con críptico
respaldo del Banco Central.
Un país cuyo gobierno se caracteriza por sus vacilaciones,
golpes mediáticos, improvisación, agotamiento y descomposición. Legal y
formalmente cuenta con más libertades y derechos civiles que Chile, por
ejemplo, pero también rankea en las cifras de violencia de género y femicidios,
narcotráfico y red de trata.
Los medios de comunicación -tanto los estatales en manos del
gobierno de turno, como los privados en poder de concentrados grupos
económicos-, la justicia, la burocracia sindical, los líderes de opinión y
políticos tradicionales, la alta jerarquía de las iglesias, la industria de la
entretención, entre otras, funcionan
como un complejo de alienación social que colabora eficientemente en la
construcción de un sentido común patriarcal, racista, corporativista,
especulativo y egoísta, y alimenta los mitos de una 'fuerte clase media', la
movilidad social, el europeísmo. En la realidad, la pobreza en Buenos Aires y
en las provincias llega al menos, al 50 %; los niveles de deserción escolar y
universitaria alcanzan las mismas cifras
que la pobreza; y las últimas y masivas oleadas migrantes provienen de países
fronterizos. Comunidades indígenas en lucha, como los qom, son avasalladas y
sus miembros asesinados por el sicariato rentado o la policía.
Sin desmedro de lo anterior, la actividad cultural
independiente y profesional ligada a la producción teatral, cinematográfica y
después literaria, como la existencia de polos de investigación científica y
vinculados a las Ciencias Sociales, se mantienen con rigurosidad, enorme
sacrificio y vocación. Así también se aprecia el brote y organización de un
buen número de radioemisoras comunitarias,
y la ocupación de empresas y fábricas de talla mediana que operan como
cooperativas de trabajadores producto de la crisis de 2001. Sin contar con
medios para evaluar su funcionamiento, su sola existencia prueba en los
hechos que los asalariados pueden
autogestionar su trabajo con criterios solidarios, sin más patrón que estar
plenamente insertos en las relaciones sociales capitalistas. No podría ser de
otro modo. Lo importante es que hace añicos con su ejemplo la naturalizada idea
de que los trabajadores son incapaces de conducir y administrar
democráticamente el excedente de su labor.
Pese a que resulta evidente una crisis de representatividad
del sistema de partidos políticos y de la propia democracia representativa, la
caída de la adhesión a la administración del Estado nacional, y la ausencia de
consultas populares o plebiscitos respecto de ámbitos relevantes, todavía no se
advierte la sólida constitución de una alternativa política, al menos antiimperialista
y con un proyecto sustentado por fuerzas sociales suficientes. Tampoco se
observa una eventual alternancia desde los descalcificados bloques y partidos
sistémicos opositores. Es decir, si las cosas comienzan a moverse de manera
ascendente desde el mundo ancho de la demanda social, es posible el
advenimiento de una crisis institucional sin cabecera.
En Argentina las luchas sociales son pan de cada día, pero
carecen de unidad política por razones vinculadas a la sobreideologización, el
sectarismo, la desconfianza, el economicismo cortoplacista acompañado de una
retórica revolucionarista; la disputa estéril de 'quién dirige' y la falta de
renovación generacional y política de sus direcciones, tanto sociales como
partidarias. De hecho, suele confundirse la unidad del pueblo y los
trabajadores con la sola unidad de la izquierda. Como si Marx hubiera escrito
'Izquierdistas del mundo, uníos', en vez de 'Trabajadores del mundo, uníos'. Al
respecto, el peligro consiste en que en el marco de una agudización del
empeoramiento de las condiciones de vida de las grandes mayorías y un período
nuevo y abierto de lucha de clases, las izquierdas no vean o no coticen el
protagonismo de los sujetos sociales emergentes distintos (que no sustitutos)
al del obrero industrial -que representa una minoría en caída vertical y cuyo
tonelaje objetivo es absolutamente insuficiente cualitativa y cuantitativamente
para cambiar la vida- y entonces, una
oportunidad no logre cuajar en una conducción revolucionaria amplia y unitaria,
según la realidad de la segunda década del siglo XXI, y no del industrialismo
del siglo XIX y parte del XX en los países centrales de Europa. Esto es, las
agrupaciones con convicción de poder y transformación radical aún no cuentan
con un proyecto convenido desde el movimiento real que enfrenta al capital en
su actual fase crepuscular y de acuerdo a las particularidades del país. La
mayoría continúa haciendo 'presentismo' y testimoniando las injusticias sobre
programas, propaganda, formas organizativas y categorías de análisis
provenientes del capitalismo en su hora más pujante, muy lejos en el tiempo y
en el espacio de América Latina y Argentina actuales.
La combinación de colaborar con la formación de fuerzas
sociales estratégicas por abajo y aprovechar los intersticios de la legalidad
burguesa, en ese orden, es una fórmula impuesta por las propias relaciones de
fuerzas en Argentina. Si no hay empate, hay audacia, construcción a largo
plazo, inteligencia y resistencia.
La política, al decir del líder chileno del Movimiento de
Izquierda Revolucionaria (MIR), Miguel Enríquez, caído en combate contra la
tiranía en 1974, continúa siendo el arte de acumular fuerzas.
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