Chile - Por un bicentenario sin exclusiones.
Carlos Ruiz Rodríguez
Universidad de Santiago de Chile
En: Los historiadores chilenos frente al Bicentenario. Santiago, 2008, pp. 429-435.
En el año 2010 se conmemorará el bicentenario del inicio de un proceso que no estaba claro ante los ojos de sus contemporáneos. Desde luego, no puede hablarse de bicentenario de la independencia de Chile ni cosa parecida, ya que en 1810 sólo una minoría soñaba con la emancipación de España. Desde el presente, podemos emitir juicios históricos acerca del desarrollo y los alcances del ‘hecho emancipador’. Estas reflexiones parten desde un análisis a partir del presente, ‘mirando hacia atrás’.
La mera celebración de hazañas militares (y bastantes desastres) sería vana palabrería, “oratoria hueca al pie de los monumentos”, si no hay un correlato entre el símbolo y la realidad. No se debiera una vez más repetir el ritual de levantar monumentos yuxtapuestos de héroes que se mataban unos con otros: la historia no debiera seguir siendo un cambalache donde están Valdivia con Lautaro, y O’Higgins con Carrera y Rodríguez.
Cuando las celebraciones históricas las produce una sociedad inmersa en una mentalidad que llegó a plantearse “el fin de la historia”, es por algo. Cuando el Estado español lanzó la iniciativa de celebrar el Quinto Centenario en 1992, había intereses muy ‘contemporáneos’: crear un clima favorable a que los ‘descubiertos’ mostrasen preferencias por las inversiones de los ‘descubridores’. Desde 1992 pareciera que la xenofobia española anti (hispano)americana estuviese en crecimiento, paralelo a las curvas de crecimiento de la inversión de las empresas energéticas, viales e industriales con sede en Madrid. Acabado el discurso de la ‘hermandad colombina’, las visitas de reyes a sus ex-colonias, las ferias sevillanas, no pocos españoles comunes y corrientes demostraron con luctuosos crímenes que los aparatos ideológicos de esa potencia no se habían propuesto precisamente fomentar una convivencia fraternal, ni siquiera sana, entre los dispersos hijos de la “Madre Patria”.
El contexto de las celebraciones chilenas del 2010 no parece ser muy diferente del de las de 1992. Ahora se trata de legitimar el discurso de una ‘chilenidad’ surgida hace doscientos años, a partir de una Independencia. No debiéramos extendernos en demostrar que este país ha tenido una emancipación muy relativa en algunos aspectos, y que carece de autonomía en la mayoría de las decisiones. Hoy mismo vivimos la “segunda conquista española”, a partir de la creciente gravitación del gran capital español, que llega a interferir en las decisiones políticas que toma el Estado. En distintos momentos de su historia, este pequeño Estado ha estado bajo la mirada vigilante de las potencias extranjeras. Y no solo mirada, también intervención directa o indirecta: no olvidemos el bloqueo invisible que los Estados Unidos impusieron a Chile tras la nacionalización del cobre en julio de 1971, bloqueo sólo levantado tras el golpe de 1973, consumado con ayuda de la Operación Unitas y con capitales introducidos al país por operarios ‘nacionalistas’ para financiar la sedición que actuó en esos años, acaso los únicos en que hubo un gobierno que creía en que Chile tenía derecho a ejercer su plena soberanía. Visto así, la canción nacional representa una paradoja.
Este bicentenario está permitiendo crear comisiones y subcomisiones, justificar salarios y honorarios. A diferencia de México, en 1810 no tuvimos un ‘Grito’ emancipador, pero sí cerca del 2010, tenemos una ‘piñata’ a repartir entre los más fuertes: los mejor informados y mejor vinculados.
Al igual que en 1992, como se trata de una construcción mandada levantar desde el Poder, hay fines y medios; hay estrategias y discursos, que incluyen la exclusión de actores y de símbolos. Esta vez se trata de legitimar la idea de la ‘Nación’ única, grande y libre. Una vez más, las minorías nacionales, los pueblos indígenas, se quedan al margen del proceso. Entre otros, el historiador Arauco Chihuailaf ha denunciado la “ausencia mapuche” respecto del bicentenario y de los procesos intelectuales por construir (o inventar) “el país que viene”. Y eso que su hermano Elicura ha aparecido en uno que otro acto o publicación relacionada con el bicentenario, pero siempre planteando el derecho a la inclusión, siempre aportando la lucidez del poeta, que muchas veces es mayor que la del cientista político, porque arranca de los planos donde el moderno racionalismo no alcanza, planos donde lo que reina es lo que ciencias como la hindú denominan supra-racionalidad. Pero el tema de fondo, es la exclusión de los pueblos originarios (más allá de las apariciones mediáticas y siempre relacionadas a la folklorización de la diversidad cultural) respecto de un estado que no reconoce en sus estructuras la diversidad preexistente al acto de construir estados, países o naciones que supusieron la exclusión de las primeras naciones. Esta exclusión se nota cuando revisamos la bibliografía acerca de la realidad chilena, la identidad, los movimientos sociales, los fenómenos sociales del cambiante Chile posterior a la dictadura: el factor indígena por lo general no es tomado en cuenta a la hora de analizar en qué Chile vivimos. Además de la invisibilidad y del tabú discursivo, existe la negación jurídica. La dirigencia mapuche lo ha señalado: es impresentable que este país llegue a su bicentenario sin reconocer en su Constitución la existencia de pueblos indígenas, pueblos y no etnías.
Pero el bicentenario no tiene por qué ser de todos. O no tiene por qué haber un solo bicentenario. Puede haber uno, convocado y armado desde los poderes políticos del Estado; otros, desde los poderes económicos y fácticos. Otros bicentenarios, desde los excluidos, desde los que soñamos con una verdadera y completa emancipación, aun sabiendo que mientras se ejerzan políticas globalizantes, la autonomía social e individual estarán conculcadas o serán mediatizadas y cooptadas a los intereses dominantes.
La mirada desde la diversidad, permite encontrar en el hecho de conmemorar cierta cronología, otros aspectos de la historia, que llevan a conclusiones acaso coincidentes, acaso antagónicas, con las que obtendrán los que miran desde otras orillas el evento. Visto así, el ejercicio historiográfico del bicentenario, puede ser interesante e incluso podría plantearse alguna trascendencia más allá del cambio de calendario al llegar el 2011.
Es ya una paradoja el celebrar ‘la independencia’ en un contexto de mundialización, donde las decisiones de los Estados las toman poderes financieros. Es tiempo no de celebración, sino de con-memorar, re-cordar, es decir convocar a un proceso de memoria colectiva, a volver a instalar en el pensamiento y en el corazón, una re-flexión, es decir un proceso que permita una in-flexión, un cambio o una vuelta en el camino.
Puede ser significante, investigar –y bien- con rigor histórico y posponiendo la ideología y la discursividad, qué fue lo que pasó desde los finales del período hispánico hasta la consolidación de estados-nación, pasando por el tiempo de las guerras por el poder estatal. ¿Efectivamente habrá sido la Independencia la utopía de las élites, arrastrando al ‘bajo pueblo’? ¿Qué factores estructurales, objetivos y subjetivos, permitieron encarnar esa utopía? ¿Qué impacto tuvieron las políticas borbónicas entre los criollos, el bajo pueblo (indígena, africano y ‘castas’), la baja oficialidad, el clero? ¿Se puede hallar alguna huella de las voces de protesta? ¿Hubo efectivamente conciencia criolla?
Un segundo núcleo a investigar es de qué forma concreta los nuevos escenarios políticos o económicos provocaron la denominada “enajenación de las élites” respecto de la Metrópoli, y si al mismo tiempo las reformas quitaron o dejaron poder en manos de las mismas élites. ¿Qué significó la constitución de milicias, la creación de una nueva institucionalidad bajo la forma de las intendencias, el acopio de recursos económicos? De esta forma llegaremos a visualizar y cuantificar el ‘recambio’ de élites, el surgimiento de determinadas familias y clanes y la caída de otros. Eso permitirá explicar los vaivenes de la política, la modalidad que fue adquiriendo ésta desde 1810, y su continuación violenta, la guerra, más adelante.
Un tercer núcleo es estudiar de qué forma se fue imponiendo un esquema europeo en una realidad que buscaba discursivamente emanciparse –al menos en lo político- de la misma Europa. Cómo podían hablar de república, sujetos que sólo conocían la democracia en teoría, a menos que la estudiasen en otros pueblos que la ejercían, como había dicho Rosales respecto de los mapuche (sólo que Rosales no fue publicado en su época, lo que nos acerca emocionalmente a este autor postergado). Reflexionar si este desconocimiento de la democracia y de lo republicano, llevó a algunos patriotas a plantearse la erección de monarquías o, en su defecto, de dictaduras. Estudiar si los autoritarismos (como el de O’Higgins) fracasaron por chocar en el pueblo y sus ideas, o en las élites, ahora transformadas en frondas. Y ver cómo las élites tuvieron que jugar con los discursos (y con las armas, desde luego) para lograr mantener su propio orden establecido o recuperar lo perdido en el tráfago emancipador.
Llegados aquí, cobra especial importancia reflexionar sobre el modelo europeo de nación que se intentó imponer en estos países.
¿‘Invención’, ‘imaginación’ de la nación? En el caso de América, las naciones del siglo XIX constituyeron creaciones particulares que intentaron responder a los modelos de nación existentes en Europa, pero ‘inventados’ en contextos muy distintos. Los procesos que dieron lugar a esos resultados históricos que llamamos ‘las naciones’, en Europa fueron diferentes. Primero, allá son resultado de milenios (al menos) de interacción entre los grupos humanos y la naturaleza, y de la acción de diversos grupos humanos entre sí. Germania y Francia, por ejemplo, no solo se separaron por el Rin, sino principalmente por procesos históricos de larga duración. No podemos decir lo mismo de Perú y Bolivia, en cuanto a entidades nacionales, ya que su separación como tales obedeció a mecanismos muy diferentes y, por último, a una imposición externa, desde el poder imperial, no debidamente cuestionada por los criollos que sucedieron a dicho poder. Y no olvidemos que cuando algunos, ya fuese con intenciones políticas ‘modernas’ o con un pensamiento redentorista incaico, intentaron reestructurar la unidad Andina, intervino el Estado chileno entre 1837 y 1839, con los resultados que ya sabemos.
Una generalización, como España, sólo fue posible tras la hegemonía de un modelo de sociedades estatales, que se fueron construyendo, interactuando y transformándose dialécticamente a lo largo de siglos. Las naciones, en España, fueron Castilla, Galicia, Vasconia-Euzkadi, Cataluña, Aragón, etc. Pero antes de esas entidades, hubo otras: Castilla, como tal, fue una construcción. Pero también debieron haber llegado a constituirse como naciones, otras etnias o identidades territoriales, absorbidas por ‘naciones’ mayores. por ejemplo, el territorio de los mestizos de moros y godos, los maragatos, hasta tiene nombre: Maragatería, pero no cristalizó como comunidad ‘nacional’. Tampoco ocurrió con la Vega de Pas, territorio de los Pasiegos, quienes como los maragatos, se autoidentifican hasta hoy como diferentes a sus vecinos castellanos. Por distintos factores, el proceso de constitución de naciones en Europa tuvo circunstancias históricas distintas a las que operaron en América, aunque no dudamos en que haya mecanismos que puedan operar universalmente, como si para lo político operasen leyes y procesos similares a las que estudia la biología.
Las autoridades americanas se vieron urgidas por constituir ‘naciones’ al tono de las europeas, y a corto plazo. El resultado fueron entidades de origen forzado, prematuro. Los europeos idearon una ficción, que hicieron emanar de otra: el “espíritu nacional”. Si débil y artificial era ya la ‘nación’ europea, más truculento es el ‘espíritu’ que anima esa construcción. Esta doble truculencia a su vez fue trasplantada a América, y se pretendió encontrar ‘esencias’, ‘espíritus’, ‘almas’ nacionales. Todas estas denominaciones constituyen ficciones, voces flatus, palabras huecas.
El resultado es que a la fecha, en América Latina no está bien consumada la construcción de naciones con poder y con cohesión social. Acaso no sea posible, mientras se trate de naciones minorizadas ante el omnímodo poder del Imperio, figura que emerge de la globalización y de la ruptura de la diversidad de bloques imperiales. Ni será posible, mientras existan abismos entre niveles sociales y económicos y mientras haya desigual trato a las diversidades culturales.
Es por esa debilidad de la construcción de la ‘nación’, que surge en este bicentenario, la ocasión para que los Estados intenten utilizar el evento para plantear un discurso que exalte la nación, intentando una vez más transformar la realidad desde la proclamación de la palabra.
Los que operan un Estado como el chileno, que se muestra como fuerte -en el concierto americano-, están concientes de su debilidad en cuanto a ‘nación’. Por eso, el esfuerzo de aprobar el examen del bicentenario, ocasión en que las élites de hoy tendrán que demostrar sus logros, ante sus conciudadanos y ante el concierto de los Estados que los observen. Para ello, recurrirán a la imagen de un país ordenado políticamente, solvente económicamente, y “blanco” en términos de homogeneidad cultural, tal como hicieron los que gobernaban en 1910.
Por último, es necesario que reflexionemos acerca de la eventual excepcionalidad del caso chileno, al menos en lo que compete a la construcción de nación. Hay quienes plantean la excepcionalidad de este país en cuanto a orden y bienestar, comparándose con otros países de la región e incluso del Tercer Mundo. Y también están quienes cuestionan esta particularidad, que acusan como discursivamente tendenciosa y que oculta una realidad diferente. Nosotros planteamos otras excepcionalidades, pero no por abundancia sino por carencia. Para los que quieran reflexionar acerca del bicentenario, es bueno que tomen en cuenta ciertas particularidades que nos están alejando de los países ‘modernos’, pero no por que no estemos en carrera al ‘exito’, llamado antes civilización, progreso o desarrollo. Es que precisamente la carrera al éxito se ha basado –dialécticamente- en el fracaso y la derrota de otros. Si hubo hacienda, es porque hubo conquista y despojo de tierras y territorio a sus primeros cultivadores. El orden, desde los días de la Colonia, ha basado su construcción en la imposición de estados de excepción. Si hay orden es porque ha habido guerra, y guerra de conquista. Los jefes militares hicieron fracasar en el siglo XVI el gobierno de los letrados y consiguieron que se disolviese la Real Audiencia que debería moderar la ferocidad del encomendero. En el reino de Chile, casi excepcionalmente, se estableció un ejército permanente a costa de la Corona, liberando de su costo de mantención a los colonizadores, beneficiarios de la institución. Independientemente de la magnitud física y continuidad del estruendo de las armas, se fue construyendo la identidad de los habitantes del reino, sobre la base del clima de guerra. Por eso, ésta tenía el rango de “guerra viva” hasta que vino la Independencia. Los méritos de los súbditos, se medían en los siglos coloniales a partir de los éxitos –o la mera participación- en esa guerra, real o virtual: hubo conquistador que basó su petición de recompensa en la cuantificación de las muertes logradas por su propia mano. Eterno toque de queda, bandos que prohibían a los no españoles (aunque fuesen criados o yanaconas) el andar a caballo, o les imponía penas humillantes, aumentadas o disminuidas según la calidad social, la casta de la persona. Todo ello a partir de la psicosis de guerra que alguien había iniciado pero a todos afectaba. Hábitos como el capitalino cañonazo del mediodía, la reunión en la plaza de armas. Verbalizaciones como el obedecer “al tiro”, giro que no se halla en otra parte del mundo. Y hasta los que buscaban medios políticos y pacíficos para lograr relaciones justas, como los jesuitas, estaban estructurados en compañía, en celestial milicia. Hasta Venus y Amor aquí no alcanzan parte, solo domina el iracundo Marte.
Y así llegamos hasta el presente, en un país marcializado por jerarquías, constructoras de hábitos y conductas, que van produciendo procesos mentales que llegan más allá de la construcción consciente y se instalan en lo subconsciente, desde donde se va aprehendiendo e interpretando la realidad. No pocas patologías individuales y colectivas, creemos, se originan en esta dañosa construcción de ethos al precio de marcar el subconsciente. Las modernas ciencias van descubriendo que algunos estigmas se van instalando profundamente, volviéndose hereditarios. Más allá de los estereotipos de tarjeta postal, el chileno no es un pueblo pacífico: las guerras externas han evitado los enfrentamientos internos, éstos cuando han tenido lugar han sido feroces, y hasta hace poco no se evidenciaba la violencia intrafamiliar, sorda y solapada, que tiene que ver con la crisis de armonía y la falta de paz. Hasta podemos postular que la violencia deportiva y la lumpenificación creciente de las juventudes populares, han sido inoculadas conscientemente por los operadores de los aparatos de cultura e ideología, con el fin de quitar espacio no solo a la violencia política, sino más bien a la consciencia política. De todas formas, pese a tantas restricciones, hay una agresividad cada vez más manifiesta, y que se vuelve en contra de los propios miembros del cuerpo social, y no a los poderes que mantienen estos fundamentos.
En el plano político, la excepcionalidad de Chile se manifiesta en la condición de ser uno de los países que imponen más restricciones a los derechos que en otras sociedades y Estados encuentran acogida. Junto con Uruguay, son los únicos países que no ratifican el convenio 169 de la OIT, sobre derechos de los pueblos indígenas1. Uruguay, porque la autopercepción de sus élites cree innecesario aprobar una legislación que favorece a gentes que ya no existen en sus fronteras. Chile, porque la derecha chilena sabe que sus derechos terminan donde empiezan los de los demás. Por lo mismo, tampoco se aprueba una constitución que dé cuenta de la diversidad con la que otros estados nacionales se sentirían enriquecidos. En América Latina, sólo Chile, Nicaragua y El Salvador son los países donde el aborto está penalizado en todas sus formas, existiendo varios otros que lo permiten bajo ciertas condiciones y algunos en que está permitido bajo cualquier circunstancia; legislar el aborto no significa provocarlo. Asimismo, este país hasta hace muy poco carecía de una ley que permitiese el derecho al divorcio, pero admitía la burla al cuerpo legal. Chile “es uno de los rarísimos países del mundo donde persiste la anacrónica distinción de obreros y empleados. Se basa en un criterio de clasificación sin base racional”.
¿De dónde emanarán estas y tantas otras particularidades que configuran un Estado retrógrado y una sociedad no muy feliz? Ya lo dijeron Góngora y Mellafe: hay una construcción de Estado a partir de la realidad ubicua de la guerra y de la eventualidad de lo trágico. Hoy, en que vemos cómo a cualquier tragedia –natural o de origen humano- se da un uso político, con ribetes de belicosidad, se prueba que lo trágico y lo bélico construyen realidad y ésta se cristaliza en un tipo de estado y de nación.
¿Por qué tanta competencia en estos dominios de Marte? ¿Será por el escenario natural? ¿Porque a estas latitudes se desenvuelven mejor los hijos del Hemisferio Norte? ¿Porque esta parte del continente –que compartimos con la Argentina- pueden salir mejor de alguna hecatombe global? Algo intuían los conquistadores, que dieron origen a esta guerra fundacional. Algo más saben los beneficiarios de la llamada sociedad del conocimiento, que en realidad se basa en la masividad del desconocimiento.
Difícil escenario para llegar a un bicentenario sin exclusiones. Ante una realidad aplastante, ante el peso de una noche de siglos, sólo nos podemos elevar en sueños. Pero si muchos ensueñan, algo puede cambiar, alguna palabra o sonido puede poner en juego transformaciones que –se dice- suelen producirse en serie, en sincronía y saltando la espacialidad.
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