Chile - Comentario sobre las elecciones del 13 de diciembre y la segunda vuelta.
Durante esta semana post-eleccionaria, hemos visto cómo se ha ido reorganizando el sistema de alianzas, convocando al electorado a votar a favor de uno u otro candidato a la segunda vuelta y a un sector de la izquierda extraparlamentaria, liberando a sus electores para actuar en conciencia.
Bien por los humanistas y ecologistas. Pero sobre todo por los primeros. Debo reconocer que a pesar de su acentuada organización electoralista han sabido en el largo plazo rechazar las tentaciones del sistema vigente y actuar en conciencia. Lo demostraron así desde su desprendimiento de la Concertación –de la cual fueron parte en el momento de llegada al Gobierno de este conglomerado político—, en sus rechazos a la actitud del PC tan dispuesta a conceder a cambio de entrar al parlamento (que significó incluso la pérdida de la semilla plantada por el Juntos Podemos en su origen), y me parece que lo han demostrado ahora mismo al respaldar a MEO y su posterior negativa a ceder a las presiones para llamar a votar por Frei. (No es que MEO sea para mí el candidato ideal. Ni que yo misma hubiera votado por él. No nos confundamos. Pero me parece que tras suma y resta la actitud de los humanistas es digna de ser valorada.)
No obstante, la mayor parte del electorado tiende, como es habitual, a polarizarse. Agudizando en la figura de estos candidatos las diferencias, como es esperable, y velando lamentablemente las grandes y significativas similitudes que en realidad existen en esta oportunidad entre ambas propuestas. Digámoslo desde ya: no hay entre estos candidatos un proyecto de país que difiera sustancialmente en lo social, lo económico ni en lo político. El parentesco es demasiado estrecho.
A esta altura, la diferencia de la Concertación parece radicar más que nada en un capital simbólico. Y en realidad, ¡qué fuerza parece tener en nuestra sociedad este tipo de contenidos!, construidos más bien sobre valores y supuestos que sobre actos y enunciados explícitos.
Es así como la repugnancia a considerar la presencia de algunos de los adalides de la derecha en los Ministerios, por ejemplo, hace que muchas personas consideren necesario votar por Frei. Y dicen: ¿se imaginan a Moreira de Vocero de Gobierno? ¿a Lavín de Ministro de Vivienda o algún otro del área social? ¿o a Beyer de Ministro de Educación?
También está el tema de los derechos humanos. Un gobierno de derecha ¿hará una nueva versión de la Ley de Amnistía? ¿Perseguirá más a los opositores, como otrora lo hiciera Pinochet?
En el plano internacional ¿nos llevarán a conflictos con nuestro vecinos? ¿Será todavía más obsecuente con la posición de Estados Unidos, el BM, el FMI, la OCDE… ?
Y más concretamente, ¿perderán la pega mis parientes y amigos en cargos vinculados al gobierno? ¿Nos quedaremos sin nuestros principales clientes?
Todos esos pensamientos han tenido cabida en los discursos de la calle esta semana.
Todos los fantasmas posibles acuden a nuestra mente, para convencernos (es necesario hacer tanto esfuerzo por convencernos) de votar por Frei.
Pero despojados de ellos por unos minutos, al mirarnos hacia adentro, vemos que en realidad no queremos votar por Frei. Un muy mal candidato. Un muy mal orador. Un hombre que no tiene carisma ni mayor capital político que su nombre. (Debo confesar que no voté por él la primera vez por estas mismas razones, ni veo que haya habido un cambio que me convenza de hacerlo esta vez)
¿Por qué Frei? Todos sabían que esta elección iba a ser sumamente reñida. La valoración positiva del gobierno de Bachelet por la masa, no se condice con la cada vez más devaluada Concertación. Bachelet cuenta con el capital –otra vez más de significados que de realizaciones—que le da el ser la “primera mujer en la presidencia”. No importa que en los hechos su gobierno haya sido mucho menos eficaz que lo esperado. Que haya habido corrupción tal como en los otros. Que no haya sabido cumplir con los compromisos demandados, por ejemplo, en el área de educación. Para el electorado resulta una suerte de figura materna. Bastante verídica por cuanto como la mayor parte de las madres de este país hoy en día no cuenta con una figura masculina a su lado. Una mujer presidenta y sin Primer Hombre de la nación. Hija de un General víctima de la dictadura. Que fue una mujer de izquierda (Claramente ya no lo es). Todo ello le da un capital simbólico, una fuerza que si dependiera de sus políticas y obras de gobierno no tendría.
Pero ese capital “de la presidenta” todos coinciden en afirmar que no es traspasable a Frei. Por “suerte” (¿es tan casual?), éste cuenta con su propio padre. Un ex Presidente hijo de otro ex Presidente de igual nombre. Un hijo del fundador de la Democracia Cristiana que no ha sido capaz de fundar un nuevo proyecto ni de liderar un partido en franca decadencia. Y que cree que con este capital puede salvar la Concertación del desalojo por parte de la derecha.
¿O tal vez se espera que él pierda? Se me ha pasado esta idea por la cabeza, ¿no se le podría haber ocurrido también a los operadores de la máquina concertacionista?. He pensado que tal vez algunos han visto en él la víctima propiciatoria ideal para este momento. ¿Quién querría someterse a semejante situación? Una Concertación descolorida, en que ya casi no se vislumbra el arcoíris en su horizonte, falta de líderes y peor aún de bases a las que recurrir. Ayer sábado “un centenar de personas como uniformadas, claramente funcionarios públicos” dijo el periodista de una radio, le escucharon en un acto de campaña en Valparaíso. -¿Dónde?- Nada menos que en uno de los núcleos urbanos más poblados del país, ciudad donde se ubica el Congreso Nacional. Una de las regiones más golpeadas por la cesantía. Y en medio de una campaña que debería ser muy polarizada -Mmmm eso da para pensar-.
Es ahora cuando la elite concertacionista debe estar cuestionándose –o debería hacerlo—la desarticulación de las bases que deliberadamente promovieron en todos estos años de gobierno. El desaliento, la falta de compromiso, la desmovilización en pos de sus candidaturas tiene que ver con esa falta de conexión entre sus “líderes” y la realidad social. Tiene que ver con su poca cercanía a la cotidianeidad de la gente. Tiene que ver con su ausencia en los problemas que supone este sistema capitalista desenfadado y también, con el individualismo y el juego de espejos que le acompañan, donde parece que cualquier crítica que hagamos rebota para culparnos a nosotros de nuestra incapacidad de surgir, remontar o transformar nuestra realidad.
Pero este desapego también tiene que ver con campañas pagadas, con flameadores de banderas pagados, con palomitas en las esquinas y cientos de impresos que no se diferencian de promociones comerciales: con letreros sin contenidos, con lienzos sin símbolos, con propaganda sin colores propios. Los partidos de la Concertación hace rato que encontraron la forma de reproducirse a sí mismos renunciando a los partidos de masas. La elite coopta y prepara a sus sucesores, como funcionarios. Y como responder a una base masiva sería verdaderamente molesto, se reduce a esas bases a grupos electoralistas y funcionarios menores.
Ahora nos enfrentamos a la evidencia de que el capital simbólico se puede agotar. Hasta ahora la resistencia de los jóvenes a inscribirse es su principal salvaguarda. Los que estamos inscritos aseguramos votos conocidos. Hay pocas sorpresas.
Pero también, como suele ocurrir en la política chilena, cuando las puertas están muy oxidadas se generan situaciones donde se abren espacios caudillezcos y populistas, que inducen el cambio, aunque no siempre –debemos reconocerlo—en la dirección deseada. Es en este sentido que debemos analizar el fenómeno MEO.
Hace un par de años señalé en numerosos encuentros y conversaciones, que había un espacio abierto al cambio político y que se avecinaba una reorganización del sistema político-partidista. Que ese espacio permitía la emergencia de nuevos partidos políticos y de líderes que encauzaran esa fuerza. O la emergencia de un caudillo.
Mi idea era invitar a buscar líderes, crear un proyecto de país, aunar fuerzas, renovar el discurso para llegar a la gente. Hemos perdido mucho tiempo en asambleas electoralistas y en pugnas sectarias sin sentido. Como no lo hicimos otros han aprovechado el espacio.
Y es así como surge MEO. Un nuevo caudillo. Veamos su capital simbólico: ¡ajá! también es “hijo de”. Y nada menos que del principal líder del MIR. Muchos me dijeron que el problema con MEO es que era “muy de izquierda”. Mmmm su padre era muy de izquierda, pero sinceramente Marco… Marco que vive en la Dehesa, casado con una mujer de TV, dedicado a las comunicaciones, que formó parte de la Concertación y aún ahora es parlamentario, hijo adoptivo de Carlos Ominami, hijo de Manuela Gumucio… ese Marcos ¿de izquierda?.
Cierto que la denominación izquierda / derecha no tiene que ver exactamente con contenidos programáticos. Básicamente se define como derecha a quien promueve el statu quo e izquierda a quien promueve el cambio (un cambio sustantivo y radical… aclaro de inmediato para que otros no se suban por el chorro, jajaja). Su discurso no tiene nada que ver con el de su padre (Y en realidad no sería esperable que él lo sostuviera después de 36 años). Pero claramente este candidato no forma parte de un proyecto de cambio sustantivo y resulta muy curiosa y “criolla” esta forma de traspasar capitales ideológicos sólo por ser “hijo de”. En todo caso, para nosotros, que sabemos que él no es de izquierda, no deja de ser interesante que aún siendo considerado como tal “para la masa”, un 20% de la población haya votado por él. (Y tal vez sea esta la misma masa que considera que Bachelet es “socialista” y se congratula de que Chile tenga un “segundo gobierno socialista” en democracia).
Otro de sus capitales es su juventud. Aún no llega a los cuarenta. El electorado se va envejeciendo y se debe encantar a los jóvenes con la política. Esta idea de la “monarquía presidencial” como él la llama, de la falta de renovación de los políticos, de la necesidad de tener nuevas caras en el gobierno, también apela a esas generaciones concertacionistas funcionarias que no encuentra lugar en esta elite política cincuentona que no “suelta el hueso”.
Finalmente, MEO aprende de Obama. Y aunque no quemó todos sus cartuchos en esta contienda –sabiendo que no la ganaría—deja en claro que la comunicación electoral: un candidato atractivo y un jingle pegajoso, pueden ser tanto y más importantes que los contenidos programáticos de un candidato.
Sin duda que la reticencia de la Concertación a aceptar primarias fue un hecho que le restó legitimidad a Frei y sirvió de plataforma a MEO. Y en este sentido no es casual que la principal batalla de MEO sea su crítica el sistema político, y su búsqueda por modificar algunas de sus reglas del juego. Para ello se desprende de la Concertación. Porque según dice ésta no le da espacio.
Pero claramente, su apuesta es también levantar un liderazgo que se diferencie de lo que muere, para dar puntapié inicial a una nueva forma de gobierno de un sector de la misma elite gobernante que estaba quedando fuera de las conversaciones subrepticias y a veces públicas entre parte de la Concertación y la derecha laica más liberal. La candidatura de MEO, tan alternativa como parece hoy, puede ser no más que una movida estratégica del sector aún tildado de izquierda de la concertación para aparecer como alternativa y crear su propio nuevo referente en este momento de remodelación del sistema político.
El PPD y el PS no son en la actualidad partidos de izquierda. Su vinculación al statu quo, su compromiso con el furibundo sistema capitalista imperante en nuestro país no los colocan en esa posición. Tampoco lo hacen sus contenidos programáticos. Y no sería raro que pronto estas colectividades dejaran de existir, fundiéndose en nuevos referentes tanto a su izquierda como a su derecha.
Y MEO, habiendo registrado internamente la temperatura próxima a ebullición de las crisis institucionales de los partidos concertacionistas en general, decide desmarcarse de esas tiendas políticas, apostando a conquistar parte de la izquierda extraparlamentaria (humanistas, ecologistas) de los desencantados de sus propios referentes concertacionistas (bases PS abandonadas, PPD que no quieren alianza con la derecha a lo Schaulson), grupos de interés progresistas, y del electorado nacional en busca de un líder nacional alternativo, a la espera de recoger también a los sectores progresistas que se desprenderán de la Concertación.
Por otra parte hemos de reconocer que en términos positivos, la candidatura de MEO ha servido para demostrar que la apuesta a levantar alternativas es posible. Que Chile tiende a su tradicional tripartidismo por más camisas de fuerza binominalistas que se le hayan impuesto por ya 20 años. Y hemos visto como en la práctica basta con un 30% para romper con ese esquema y obligar al sistema político a sincerarse. No es imposible lograrlo.
MEO no recurre en sus discursos a las experiencias del Agrario Laborismo, del Partido Socialista o del propio partido Demócrata Cristiano. Pero si revisamos esas historias veremos que no es nuevo en la política chilena la emergencia rápida de liderazgos y la rápida entrada en el gobierno de nuevos referentes políticos, cuando los momentos de cambio llegan a su hora. Obtener el trono no garantiza el éxito, claro está, en términos de logros. Pero es claro que MEO cuenta con antecedentes en la historia para pretender formar su propio partido y tal vez ganar en una futura contienda electoral.
Pero el espacio político, cuando se abre, se abre para todos. Todo depende de la capacidad de organización, gestión y negociación que tengan las fuerzas políticas.
Para nosotros está claro que la tarea es titánica. Pero ¿por qué tendría eso que asustarnos? Más bien debería preocuparnos nuestra incapacidad para desbloquearnos. Para dialogar con los compañeros en otros grupos y borrar las demarcaciones para generar la fuerza política que deseamos.
Es necesario abocarse a la tarea, reitero, de construir un proyecto de país. Un programa. De aunar fuerzas en torno a ese programa. De buscar líderes auténticos. De generar bases proactivas en torno a esas ideas y entrar en campaña ahora mismo. Como lo hizo Piñera, como lo hizo MEO: ahora mismo. Nuestra apuesta no es la elección de enero, sino la de 2014 y tal vez hasta la siguiente. Da lo mismo. Si creemos que se puede. Si somos radicalmente creativos. Si superamos el sectarismo. Seremos alternativa para abrir el tripartidismo. Para romper de verdad la exclusión.
No tenemos recursos. Y como sabemos se necesitan muchos recursos para levantar campañas de largo aliento a nivel nacional. Pero debemos desafiar esa realidad usando, de nuevo, la creatividad. De modo de asegurarnos que nuestra propuesta llegue a cada hogar.
Nuestra voz debe ser una, recoger una pluralidad de argumentos pero tras una imagen de país. Nuestros discursos deben renovarse para hablar al ciudadano en su propio lenguaje, pero debe ser crítico y propositivo a la vez.
Y llego hasta aquí por ahora. ¿Qué opinan ustedes?.-
Bien por los humanistas y ecologistas. Pero sobre todo por los primeros. Debo reconocer que a pesar de su acentuada organización electoralista han sabido en el largo plazo rechazar las tentaciones del sistema vigente y actuar en conciencia. Lo demostraron así desde su desprendimiento de la Concertación –de la cual fueron parte en el momento de llegada al Gobierno de este conglomerado político—, en sus rechazos a la actitud del PC tan dispuesta a conceder a cambio de entrar al parlamento (que significó incluso la pérdida de la semilla plantada por el Juntos Podemos en su origen), y me parece que lo han demostrado ahora mismo al respaldar a MEO y su posterior negativa a ceder a las presiones para llamar a votar por Frei. (No es que MEO sea para mí el candidato ideal. Ni que yo misma hubiera votado por él. No nos confundamos. Pero me parece que tras suma y resta la actitud de los humanistas es digna de ser valorada.)
No obstante, la mayor parte del electorado tiende, como es habitual, a polarizarse. Agudizando en la figura de estos candidatos las diferencias, como es esperable, y velando lamentablemente las grandes y significativas similitudes que en realidad existen en esta oportunidad entre ambas propuestas. Digámoslo desde ya: no hay entre estos candidatos un proyecto de país que difiera sustancialmente en lo social, lo económico ni en lo político. El parentesco es demasiado estrecho.
A esta altura, la diferencia de la Concertación parece radicar más que nada en un capital simbólico. Y en realidad, ¡qué fuerza parece tener en nuestra sociedad este tipo de contenidos!, construidos más bien sobre valores y supuestos que sobre actos y enunciados explícitos.
Es así como la repugnancia a considerar la presencia de algunos de los adalides de la derecha en los Ministerios, por ejemplo, hace que muchas personas consideren necesario votar por Frei. Y dicen: ¿se imaginan a Moreira de Vocero de Gobierno? ¿a Lavín de Ministro de Vivienda o algún otro del área social? ¿o a Beyer de Ministro de Educación?
También está el tema de los derechos humanos. Un gobierno de derecha ¿hará una nueva versión de la Ley de Amnistía? ¿Perseguirá más a los opositores, como otrora lo hiciera Pinochet?
En el plano internacional ¿nos llevarán a conflictos con nuestro vecinos? ¿Será todavía más obsecuente con la posición de Estados Unidos, el BM, el FMI, la OCDE… ?
Y más concretamente, ¿perderán la pega mis parientes y amigos en cargos vinculados al gobierno? ¿Nos quedaremos sin nuestros principales clientes?
Todos esos pensamientos han tenido cabida en los discursos de la calle esta semana.
Todos los fantasmas posibles acuden a nuestra mente, para convencernos (es necesario hacer tanto esfuerzo por convencernos) de votar por Frei.
Pero despojados de ellos por unos minutos, al mirarnos hacia adentro, vemos que en realidad no queremos votar por Frei. Un muy mal candidato. Un muy mal orador. Un hombre que no tiene carisma ni mayor capital político que su nombre. (Debo confesar que no voté por él la primera vez por estas mismas razones, ni veo que haya habido un cambio que me convenza de hacerlo esta vez)
¿Por qué Frei? Todos sabían que esta elección iba a ser sumamente reñida. La valoración positiva del gobierno de Bachelet por la masa, no se condice con la cada vez más devaluada Concertación. Bachelet cuenta con el capital –otra vez más de significados que de realizaciones—que le da el ser la “primera mujer en la presidencia”. No importa que en los hechos su gobierno haya sido mucho menos eficaz que lo esperado. Que haya habido corrupción tal como en los otros. Que no haya sabido cumplir con los compromisos demandados, por ejemplo, en el área de educación. Para el electorado resulta una suerte de figura materna. Bastante verídica por cuanto como la mayor parte de las madres de este país hoy en día no cuenta con una figura masculina a su lado. Una mujer presidenta y sin Primer Hombre de la nación. Hija de un General víctima de la dictadura. Que fue una mujer de izquierda (Claramente ya no lo es). Todo ello le da un capital simbólico, una fuerza que si dependiera de sus políticas y obras de gobierno no tendría.
Pero ese capital “de la presidenta” todos coinciden en afirmar que no es traspasable a Frei. Por “suerte” (¿es tan casual?), éste cuenta con su propio padre. Un ex Presidente hijo de otro ex Presidente de igual nombre. Un hijo del fundador de la Democracia Cristiana que no ha sido capaz de fundar un nuevo proyecto ni de liderar un partido en franca decadencia. Y que cree que con este capital puede salvar la Concertación del desalojo por parte de la derecha.
¿O tal vez se espera que él pierda? Se me ha pasado esta idea por la cabeza, ¿no se le podría haber ocurrido también a los operadores de la máquina concertacionista?. He pensado que tal vez algunos han visto en él la víctima propiciatoria ideal para este momento. ¿Quién querría someterse a semejante situación? Una Concertación descolorida, en que ya casi no se vislumbra el arcoíris en su horizonte, falta de líderes y peor aún de bases a las que recurrir. Ayer sábado “un centenar de personas como uniformadas, claramente funcionarios públicos” dijo el periodista de una radio, le escucharon en un acto de campaña en Valparaíso. -¿Dónde?- Nada menos que en uno de los núcleos urbanos más poblados del país, ciudad donde se ubica el Congreso Nacional. Una de las regiones más golpeadas por la cesantía. Y en medio de una campaña que debería ser muy polarizada -Mmmm eso da para pensar-.
Es ahora cuando la elite concertacionista debe estar cuestionándose –o debería hacerlo—la desarticulación de las bases que deliberadamente promovieron en todos estos años de gobierno. El desaliento, la falta de compromiso, la desmovilización en pos de sus candidaturas tiene que ver con esa falta de conexión entre sus “líderes” y la realidad social. Tiene que ver con su poca cercanía a la cotidianeidad de la gente. Tiene que ver con su ausencia en los problemas que supone este sistema capitalista desenfadado y también, con el individualismo y el juego de espejos que le acompañan, donde parece que cualquier crítica que hagamos rebota para culparnos a nosotros de nuestra incapacidad de surgir, remontar o transformar nuestra realidad.
Pero este desapego también tiene que ver con campañas pagadas, con flameadores de banderas pagados, con palomitas en las esquinas y cientos de impresos que no se diferencian de promociones comerciales: con letreros sin contenidos, con lienzos sin símbolos, con propaganda sin colores propios. Los partidos de la Concertación hace rato que encontraron la forma de reproducirse a sí mismos renunciando a los partidos de masas. La elite coopta y prepara a sus sucesores, como funcionarios. Y como responder a una base masiva sería verdaderamente molesto, se reduce a esas bases a grupos electoralistas y funcionarios menores.
Ahora nos enfrentamos a la evidencia de que el capital simbólico se puede agotar. Hasta ahora la resistencia de los jóvenes a inscribirse es su principal salvaguarda. Los que estamos inscritos aseguramos votos conocidos. Hay pocas sorpresas.
Pero también, como suele ocurrir en la política chilena, cuando las puertas están muy oxidadas se generan situaciones donde se abren espacios caudillezcos y populistas, que inducen el cambio, aunque no siempre –debemos reconocerlo—en la dirección deseada. Es en este sentido que debemos analizar el fenómeno MEO.
Hace un par de años señalé en numerosos encuentros y conversaciones, que había un espacio abierto al cambio político y que se avecinaba una reorganización del sistema político-partidista. Que ese espacio permitía la emergencia de nuevos partidos políticos y de líderes que encauzaran esa fuerza. O la emergencia de un caudillo.
Mi idea era invitar a buscar líderes, crear un proyecto de país, aunar fuerzas, renovar el discurso para llegar a la gente. Hemos perdido mucho tiempo en asambleas electoralistas y en pugnas sectarias sin sentido. Como no lo hicimos otros han aprovechado el espacio.
Y es así como surge MEO. Un nuevo caudillo. Veamos su capital simbólico: ¡ajá! también es “hijo de”. Y nada menos que del principal líder del MIR. Muchos me dijeron que el problema con MEO es que era “muy de izquierda”. Mmmm su padre era muy de izquierda, pero sinceramente Marco… Marco que vive en la Dehesa, casado con una mujer de TV, dedicado a las comunicaciones, que formó parte de la Concertación y aún ahora es parlamentario, hijo adoptivo de Carlos Ominami, hijo de Manuela Gumucio… ese Marcos ¿de izquierda?.
Cierto que la denominación izquierda / derecha no tiene que ver exactamente con contenidos programáticos. Básicamente se define como derecha a quien promueve el statu quo e izquierda a quien promueve el cambio (un cambio sustantivo y radical… aclaro de inmediato para que otros no se suban por el chorro, jajaja). Su discurso no tiene nada que ver con el de su padre (Y en realidad no sería esperable que él lo sostuviera después de 36 años). Pero claramente este candidato no forma parte de un proyecto de cambio sustantivo y resulta muy curiosa y “criolla” esta forma de traspasar capitales ideológicos sólo por ser “hijo de”. En todo caso, para nosotros, que sabemos que él no es de izquierda, no deja de ser interesante que aún siendo considerado como tal “para la masa”, un 20% de la población haya votado por él. (Y tal vez sea esta la misma masa que considera que Bachelet es “socialista” y se congratula de que Chile tenga un “segundo gobierno socialista” en democracia).
Otro de sus capitales es su juventud. Aún no llega a los cuarenta. El electorado se va envejeciendo y se debe encantar a los jóvenes con la política. Esta idea de la “monarquía presidencial” como él la llama, de la falta de renovación de los políticos, de la necesidad de tener nuevas caras en el gobierno, también apela a esas generaciones concertacionistas funcionarias que no encuentra lugar en esta elite política cincuentona que no “suelta el hueso”.
Finalmente, MEO aprende de Obama. Y aunque no quemó todos sus cartuchos en esta contienda –sabiendo que no la ganaría—deja en claro que la comunicación electoral: un candidato atractivo y un jingle pegajoso, pueden ser tanto y más importantes que los contenidos programáticos de un candidato.
Sin duda que la reticencia de la Concertación a aceptar primarias fue un hecho que le restó legitimidad a Frei y sirvió de plataforma a MEO. Y en este sentido no es casual que la principal batalla de MEO sea su crítica el sistema político, y su búsqueda por modificar algunas de sus reglas del juego. Para ello se desprende de la Concertación. Porque según dice ésta no le da espacio.
Pero claramente, su apuesta es también levantar un liderazgo que se diferencie de lo que muere, para dar puntapié inicial a una nueva forma de gobierno de un sector de la misma elite gobernante que estaba quedando fuera de las conversaciones subrepticias y a veces públicas entre parte de la Concertación y la derecha laica más liberal. La candidatura de MEO, tan alternativa como parece hoy, puede ser no más que una movida estratégica del sector aún tildado de izquierda de la concertación para aparecer como alternativa y crear su propio nuevo referente en este momento de remodelación del sistema político.
El PPD y el PS no son en la actualidad partidos de izquierda. Su vinculación al statu quo, su compromiso con el furibundo sistema capitalista imperante en nuestro país no los colocan en esa posición. Tampoco lo hacen sus contenidos programáticos. Y no sería raro que pronto estas colectividades dejaran de existir, fundiéndose en nuevos referentes tanto a su izquierda como a su derecha.
Y MEO, habiendo registrado internamente la temperatura próxima a ebullición de las crisis institucionales de los partidos concertacionistas en general, decide desmarcarse de esas tiendas políticas, apostando a conquistar parte de la izquierda extraparlamentaria (humanistas, ecologistas) de los desencantados de sus propios referentes concertacionistas (bases PS abandonadas, PPD que no quieren alianza con la derecha a lo Schaulson), grupos de interés progresistas, y del electorado nacional en busca de un líder nacional alternativo, a la espera de recoger también a los sectores progresistas que se desprenderán de la Concertación.
Por otra parte hemos de reconocer que en términos positivos, la candidatura de MEO ha servido para demostrar que la apuesta a levantar alternativas es posible. Que Chile tiende a su tradicional tripartidismo por más camisas de fuerza binominalistas que se le hayan impuesto por ya 20 años. Y hemos visto como en la práctica basta con un 30% para romper con ese esquema y obligar al sistema político a sincerarse. No es imposible lograrlo.
MEO no recurre en sus discursos a las experiencias del Agrario Laborismo, del Partido Socialista o del propio partido Demócrata Cristiano. Pero si revisamos esas historias veremos que no es nuevo en la política chilena la emergencia rápida de liderazgos y la rápida entrada en el gobierno de nuevos referentes políticos, cuando los momentos de cambio llegan a su hora. Obtener el trono no garantiza el éxito, claro está, en términos de logros. Pero es claro que MEO cuenta con antecedentes en la historia para pretender formar su propio partido y tal vez ganar en una futura contienda electoral.
Pero el espacio político, cuando se abre, se abre para todos. Todo depende de la capacidad de organización, gestión y negociación que tengan las fuerzas políticas.
Para nosotros está claro que la tarea es titánica. Pero ¿por qué tendría eso que asustarnos? Más bien debería preocuparnos nuestra incapacidad para desbloquearnos. Para dialogar con los compañeros en otros grupos y borrar las demarcaciones para generar la fuerza política que deseamos.
Es necesario abocarse a la tarea, reitero, de construir un proyecto de país. Un programa. De aunar fuerzas en torno a ese programa. De buscar líderes auténticos. De generar bases proactivas en torno a esas ideas y entrar en campaña ahora mismo. Como lo hizo Piñera, como lo hizo MEO: ahora mismo. Nuestra apuesta no es la elección de enero, sino la de 2014 y tal vez hasta la siguiente. Da lo mismo. Si creemos que se puede. Si somos radicalmente creativos. Si superamos el sectarismo. Seremos alternativa para abrir el tripartidismo. Para romper de verdad la exclusión.
No tenemos recursos. Y como sabemos se necesitan muchos recursos para levantar campañas de largo aliento a nivel nacional. Pero debemos desafiar esa realidad usando, de nuevo, la creatividad. De modo de asegurarnos que nuestra propuesta llegue a cada hogar.
Nuestra voz debe ser una, recoger una pluralidad de argumentos pero tras una imagen de país. Nuestros discursos deben renovarse para hablar al ciudadano en su propio lenguaje, pero debe ser crítico y propositivo a la vez.
Y llego hasta aquí por ahora. ¿Qué opinan ustedes?.-
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