El estallido social en Francia
Por Jecho
Corresponsal del PT de Chile, en Francia.
¡¡CHUSMA, CHUSMA !!
No se trataba de un nuevo capítulo del « Chavo del 8 » sino de otro « acierto » más del nuevo ministro del interior francés, Nicolas Sarkozy, jefe además del principal partido de la derecha de este país, que asumió el gobierno en Abril de 2002. No estamos, por tanto, en el terreno de la ficción sino en el de la triste realidad de este personaje, una especie de Scwarzenneger sin el físico. Se expresaba de esta forma ante reporteros y frente a unas decenas de personas, habitantes de un suburbio parisiense en el que el ministro y otras autoridades efectuaban una visita. Los habitantes del barrio no habían venido por cierto a lanzarle flores ni a pedirle autógrafos al ministro, sin embargo sólo él pudo tener acceso a los micrófonos y a las cámaras para expresarse en esos términos (« racaille » en francés) refiriéndose a quienes le lanzaban gritos de repudio.
Pero el ”sheriff “ no se contentó con su anterior numerito. Volvió a la carga días después, siempre en otra visita “en terreno” prometiendo una
« limpieza con chorro a presión » (textualmente) de esos barrios, como si se tratara de evacuar la mierda de las calles.
Por supuesto hubo protestas desde la izquierda pero fueron esporádicas y el asunto se olvidó. Pero se olvidó sólo en las esferas oficiales y en los medios de comunicación. Quienes habían sido insultados de esa forma no lo olvidaron y en las conversaciones de jóvenes y adolescentes de barrios populares pudimos constatar que el rencor iba creciendo. Llegó el 27 de Octubre y en una de las comunas « conflictivas » de la región parisiense tuvo lugar un desgraciado suceso : dos muchachos, menores de edad sin antecedentes penales, que eran perseguidos por policías treparon y saltaron al interior de un local técnico de la compañía nacional de electricidad , muriendo electrocutados. Testigos presenciales afirman que los adolescentes eran perseguidos a pie por policías uniformados. La policía niega por supuesto toda persecución y toda amenaza.
Hechos como éste, con desenlace fatal, ocurren un par de veces al año en Francia, como ocurren probablemente todos los días en algún lugar del mundo. Cada vez que esto sucede en la patria de Victor Hugo, no es precisamente en los barrios de la « gente linda », por lo cual la explosividad social empuja a bandas de muchachos de los suburbios a salir en la noche a quemar contenedores de basura, vehículos particulares y de vez en cuando también locales públicos de servicios que benefician precisamente a esos pobladores. Pero hasta ahora estos actos estaban circunscritos solamente a las comunas en las que habían tenido lugar las muertes y eran los propios amigos de las víctimas quienes comenzaban los desórdenes. Hoy asistimos a un fenómeno de una amplitud nunca vista.
Es preciso además señalar que estas prácticas tenían lugar desde hace años en forma periódica en algunas ciudades (Estrasburgo, por ejemplo) sin que mediara enfrentamientos graves con policías con resultado de muertes. Se trata de un fenómeno en el que no sólo se expresa la frustración de esa juventud, sino también el deseo de desafiar al mundo de los adultos, representado por toda la maraña de la administración estatal (policía, justicia, etc) pero también por la autoridad de sus padres, primer blanco de su rebelión.
(Es insospechable hasta qué punto estos incidentes tocan el nervio central de una sociedad en la que el automóvil es un objeto de culto. Comprarse un automóvil nuevo es un hito fundamental en la vida de una persona, a menudo comparable con tener un hijo y el auto puede ser objeto de atenciones y cuidados que rayan frecuentemente en lo irracional).
A menudo también, y ahora más que nunca, quienes protagonizan estos incidentes emplean las conocidas botellitas « Molotov » contra la policía, causando algunos heridos. Sin embargo también los bomberos que acuden a apagar los incendios de coches son a menudo blanco de esos ataques.
Pero por el momento la cosa no va más allá, salvo que ha habido incendios de jardines infantiles, y otras instalaciones educacionales y deportivas pero que no son la tónica del fenómeno. Contrariamente a lo que la manipulación de la información internacionalmente pueda llevar a creer, no hay atentados propiamente tal, ni ataques a personas, lo que demuestra que no se trata en ningún caso del afán de « destruir la República » como alardea la ultraderecha. Pero también el autocontrol de las fuerzas represivas que no han disparado un solo tiro impide que el fenómeno pueda llegar a una extrema gravedad con características de guerra civil. Por último, hay que precisar que se trata de incidentes que tienen lugar al amparo de la oscuridad nocturna, contra vehículos y locales vacíos.
No puede tampoco calificarse estos incidentes de movimiento de protesta en la forma que lo describiríamos quienes hemos podido ser actores o espectadores de luchas sociales : no hay expresión de reivindicaciones a través de medios que puedan llegar al menos a una parte de la población (nada de panfletos, pancartas, desfiles, etc.) No hay presencia de organizaciones visibles (asociaciones, sindicatos, partidos, etc) ni tampoco una concertación territorial más allá de pequeños grupos que dan prueba de gran tenacidad y decisión. Sin embargo están haciendo tambalear un sistema político que no deja de mirarse el ombligo y manosear su corona de laureles marchitos del pasado. (Amén de querer seguir dando lecciones al resto del mundo).
EL CONTEXTO ACTUAL
Según el reportaje del diario « Le Monde » de hoy, 11 de Noviembre, existen en Francia más de 700 zonas urbanas problemáticas y conflictivas (« sensibles » en francés) repartidas por todo el territorio. En ellas, la cesantía supera el 20 por ciento, lo que es el doble de la tasa de desempleo nacional ; el fracaso escolar es también el doble de lo que es en el resto del país. El ingreso medio anual de las familias es un tercio menor que en la totalidad de las comunas en que esos barrios están insertos, lo que deja a muchas familias (datos no suministrados en el reportaje) por debajo del umbral de la pobreza.
De seguro estas desigualdades no parecen tan espectaculares - al compararlas con datos de la mayoría de los países del mundo – como para explicar por sí solas el fenómeno que tiene lugar en estos momentos. Será tarea de sociólogos y otros estudiosos darnos mayores explicaciones al respecto. A modo ilustrativo, valga recordar que Francia tiene una población de 60 millones de personas repartidas en una superficie de poco más de 500 mil km cuadrados.
Los incidentes que se están produciendo son principalmente la consecuencia de fondo de la situación de marginación social que vive la parte de la población de que hablábamos (probablemente entre el cinco y el diez por ciento). Esta exclusión social significa que esas personas no tienen acceso al consumo de los bienes que la televisión y la publicidad en general les hacen creer que son indispensables (automóvil nuevo, ropa de moda, zapatillas de marca, teléfonos, computadores, etc). Se sienten y están de hecho, condenados a contentarse con comprar lo más baratito para comer y vestirse. Muchos están también atados a vivir de la ayuda financiera estatal. Todo esto es consecuencia principalmente de la incapacidad del capitalismo en su versión neo-liberal para ofrecer un empleo a todos sus ciudadanos, es decir, la CESANTIA.
En los países ricos existe una cantidad de inmigrantes no despreciable que pasa a ocupar el lugar más bajo en el estamento social por sus menores chances y posibilidades de acceso al « ascenso social » que promete la propaganda oficial bajo el capitalismo. No es su pertenencia a algún pueblo o cultura extranjera que los hace intrínsecamente más « agresivos ». Sin embargo existe un agravante indudable por el hecho de que estas personas se sienten de alguna manera marginadas culturalmente. Esta inmigración en Francia es antigua : data de los años 60-70, por lo cual los jóvenes de las generaciones posteriores son franceses, pero arrastran en su vida los problemas, las dificultades y las penas de sus padres que han debido emigrar de sus países de origen para venir a enriquecer las economías de la « zona rica » sin por ello enriquecerse ellos mismos. Al igual que todas las masas inmigrantes del mundo, ellos sienten y sufren el rechazo mayoritario de la población « autóctona », que ve en ellos un peligro, de lo cual se nutre políticamente la ultraderecha. Un rechazo no de la política oficial del estado, cuyo segregacionismo es una política de clase en contra de los parias, de los desposeídos de cualquier color que serán siempre un peligro para el muy bien instalado sistema de dominación.
Volviendo a la actualidad contingente, el gobierno que dirige el premier Villepin sólo sabe responder con más represión. Para ello ha decretado el estado de emergencia en las zonas en conflicto, incluyendo toque de queda para menores de 16 años que no estén acompañados de adultos. Pero corresponde a las autoridades locales la aplicación de dichas medidas y solamente en algunos lugares se han aplicado por ahora. (Valga precisar que las funciones de jefe del estado y de jefe del gobierno están separadas en el sistema político francés, correspondiendo ambas respectivamente, al Pdte de la República y al Primer ministro). Es verdad que Villepin comienza a hablar de medidas que mejorarán la situación de la población desfavorecida pero nada concreto por el momento. Por su parte el inefable Sarkozy, en su ceguera y también en su obsesión de robarle votos a la ultraderecha, acaba de amenazar con la expulsión de los extranjeros, legales o no, que sean detenidos en los incidentes (ni siquiera condenados).
Pero la ceguera de las clases dominantes no puede ser tanta que les lleve a olvidar que el pueblo francés (la « chusma » tan insoportable para el gobierno) se ha sublevado muchas veces en su historia, empezando por aquélla que llevó finalmente a la burguesía a usurpar el poder. Ni reyes, ni emperadores ni « demócratas » corruptos lograron atemorizar suficientemente a las masas - organizadas o desorganizadas - que en su desesperación se lanzaron a pecho descubierto contra la fusilería y regaron generosamente esta tierra con su sangre.
Algo sí han hecho los dueños del poder para evitar nuevas revoluciones: se han lanzado desde hace varios años en una porfiada campaña de embrutecimiento colectivo de la población, a través de la basura televisiva ; de deslumbramiento masivo de la gente con artificios tecnológicos que hacen creer que se está a la vanguardia de la comunicación cuando en realidad aumenta enormemente la soledad y el aislamiento de las personas. Y todos los medios de comunicación se prestan al circo que quiere hacer creer que las revoluciones y los che guevaras están pasados de moda y que no hay mejor forma de pasar la vida que ir a pasear a los supermercados, aunque sea con los bolsillos pelados.
Mucho más se podría decir de esta situación, que puede ser anunciadora de grandes revueltas y revoluciones. Ojalá que estas reflexiones permitan formarse una idea de por dónde podría ir la historia de este siglo XXI si las clases dominantes con su globalización y su circo embruTVecedor no recapacitan a tiempo. Nadie desea baños de sangre pero nuestros ingenuos deseos podrían estrellarse estrepitosamente contra una realidad que muchos no quieren ver.
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