Debate Presidencial:
Ya no hay dudas, el modelo tiene 3 candidatos
Por Héctor Vega [Director Fortín Mapocho Digital]
El segundo debate presidencial reafirmó lo que ya se sabía. Bajo formas y énfasis diferentes, Bachelet, Lavín y Piñera se mueven y opinan desde el modelo que Pinochet instaló en Chile desde hace 32 años. Sin embargo, Hirsch, plantea las miserias de un pueblo maltratado y ensancha la visión sobre los derechos humanos, refiriéndose a más de un tercio de la población en exilio social, y no representada en ninguna instancia política. Propone una nueva Constitución, un apoyo decidido a las Pymes y micro empresas que proporcionan un 80% del empleo; que las transnacionales paguen impuestos. Alertó sobre un contrapoder social representado por los temporeros del campo, los pueblos originarios, los pequeños empresarios, los obreros, cesantes, los jubilados y adultos mayores, las dueñas de casa, los estudiantes, los pobladores, y la enorme masa de jóvenes en busca de empleo…, desde donde puede explotar una crisis social. Separó aguas entre las grandes empresas que se benefician de los TLC y los pequeños productores eliminados del mercado por no poder competir. Si el ALCA fue rechazado por la presión de los pueblos de Latinoamérica, allí está el mensaje bolivariano representado en el ALBA.
Bachelet, con la responsabilidad de defender una coalición que ya tiene 16 años en el poder, pero también con la necesidad de desmarcarse de sus errores, insinúa, más que propone. Lo cual la lleva a una prestación plana y a veces líquida. La jubilación de la dueña de casa no está en su programa pues no existen medios para financiarla. Piñera, quizás el más brillante de los tres defensores del modelo, le recuerda que la iniciativa representa apenas un 1% de los fondos del superávit estructural. Todo lo cual no obsta para que la candidata declare tener un plan, que no especifica, de igualdad para jóvenes, pueblos originarios, empresarios Pymes, campesinos y mujeres. Ni Piñera, ni Bachelet, ni Lavín parecen tener piso político para combatir las desigualdades que denuncian con tanto brío, pues la candidata tranquiliza a la centroderecha y los empresarios, advirtiéndoles que no subirá los impuestos. Lo cual no obsta para que recurrentemente surja en el discurso de los tres el presupuesto público como gran creador de empleos y beneficios sociales. En esta súbita conversión al keynesianismo ninguno se queda corto: Piñera, propone un millón de empleos; Lavín, la absorción de 600 mil desempleados en el primer año; Bachelet más recatada, evoca los 250 mil puestos de trabajo de Lagos, que dicho sea de paso, como candidato, prometió 1 millón de empleos durante su gobierno y no cumplió.
No resulta incómodo escuchar a Hirsch referirse a planes de empleo y beneficios sociales pues en su programa el Estado, hoy al servicio de los empresarios y poderes transnacionales, recobra el carácter que tuvo cuando desarrolló la industrialización y la infraestructura productiva del país. Escuchar lo mismo de labios de los defensores del modelo resulta una payasada. Precisamente, Lavín descarta cualquiera conexión entre el fin de la institucionalidad que propone Hirsch, y la economía. Pasa por alto que su sector, producto del sistema binominal, y el de Piñera, han atajado sistemáticamente en el parlamento los reajustes salariales y cualquiera ley impositiva que lleve a una relativa mayor justicia tributaria y a la eficacia de los programas anticíclicos. Tema sin comentarios cuando se trata de la Concertación, porque como ya lo dijimos en otra columna, “en 1988, cuando el pueblo celebraba el triunfo del NO, la Concertación negociaba con la dictadura y los partidos de la derecha, a puertas cerradas, para eliminar la aprobación de leyes por mayoría simple”. Estrategia que hoy les explota en la cara pues resulta impresentable haber decidido “no tener mayoría parlamentaria para no verse obligada a cumplir su propio programa”.
Piñera rechaza la alianza que le propone Lavín pues eso significa repetir la frustrada experiencia de 1999. Por eso se mueve hacia el centro a expensas de la DC y sectores afines. Lavín insiste en consolidar [repetir dirían otros] un frente aliancista que ya fracasó en 1999. Bachelet sabe que su suerte depende de detener la sangría que le ha provocado sus carencias como candidata. Ahí entra el factor Hirsch pues de mantenerse el 7% nacional, de la encuesta CERC post debate en la región Metropolitana Oriente, Bachelet deberá obligatoriamente enfrentar la segunda vuelta. Será el momento de análisis desgarradores que con toda seguridad enfrentarán a la frustrada militancia socialista a los barones del partido. Si la Alianza enfrenta hoy reagrupamientos en su interior, no es menos cierto que las frágiles lealtades al interior del socialismo, hoy consolidadas a la sombra del poder, terminarán por romperse en caso de una estrecha primera vuelta, cuando se pase la cuenta a dirigencias que hace décadas se pasaron al campo del enemigo. Sólo ahora habrá comenzado las recomposiciones políticas al interior de los partidos. Es la única certitud que tenemos en estos tiempos electorales
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